de desembre 09, 2008

Más famoso que Jesús


En 1966, durante un reportaje, John Lennon dijo que Los Beatles, en ese momento, eran más famosos que Jesús.
Esa afirmación -salida de la boca de un muchacho de 26 años, que por ese entonces integraba la banda musical más famosa y popular del mundo, que vendía millones de discos por hora desde Nueva York a Tokio y desde Londres a Buenos Aires, que era multimillonario cuando apenas 10 años atrás vagabundeaba por las calles de Liverpool, sin grandes expectativas de futuro, gambeteándole a la miseria y al delito- genero una violenta reacción de parte de lo más rancio y conservador de la sociedad, que inmediatamente se puso en marcha para purificar mediante el fuego la gran afrenta. Claro que los buenos tiempos de la inquisición habían pasado y debieron conformarse con quemar los discos del cuarteto inglés.
Lo tragicómico del asunto es que Lennon tenía razón.
Este año, el Vaticano decidió perdonar al autor de “Give peace a chance”. La dispensa -como en el caso de Galileo- llega tarde, porque tanto el científico como el músico yacen varios metros bajo tierra.
Pero no pretendo poner en el tapete aquí la ventaja de velocidad que a veces tiene la condena por encima del perdón. Tampoco voy a hacer cuestiones sobre si correspondía perdonar a John o bien darle la razón (que es distinto y es lo que hubiera correspondido).
No, esto se trata de otra cosa.
Se trata de Maradona.
¿Y este que tomó? se preguntará más de uno.
A ellos les digo que miren las fotos del Diego en la India. Que lo vean rodeado de unas 100 mil personas en un estadio, vestido de civil, saludando solamente; recibiendo el homenaje fervoroso de tantos fans que haría que las máximas estrellas del Pop se sientan unos ilustres desconocidos.
Maradona es más famoso que Jesús. Que lo sepan bien aquellos que nunca le van a perdonar nada. Ni su pobreza original ni su riqueza acumulada jugando a la pelota; ni la mano de Dios ni la apilada que lo convirtió en “barrilete cósmico”; ni la merca, ni la joda, ni el positivo en Estados Unidos, ni el pase a Caniggia contra Brasil en Italia, con el tobillo del tamaño de una sandía.
Conviene aclararlo ya mismo. No soy un incondicional del 10. No es para mí ni Dios, ni un revolucionario ni nada por el estilo. Fue el mejor jugador de fútbol que tuve la suerte de ver y punto. Con él disfruté el fútbol en su máxima expresión y sufrí cuando cayó en desgracia, pero no lo considero ni un líder ni un referente de nada que no se circunscriba a una cancha. Sus excesos corresponden a su vida privada y su recuperación también.
Yo quería que el DT de la Selección fuera Bianchi.
Me atrevo a decir que Maradona no puede ser ejemplo ni siquiera de buen futbolista. Porque un ejemplo es algo para imitar. Y con la pelota, el Diego era, es y será inimitable. Un entrenador no puede decirle a un futbolista “mirá sus videos y aprendé”, porque ese arte no se aprende. Maradona se nace.
Fue único. Es único. Será único. 100 mil indios lo confirmaron hace algunas horas allá, del otro lado del mundo. En un país del que sabemos muy pocas cosas. Por ejemplo, como el 10, no teníamos ni idea que les gustara el fútbol, y que podían expresar tanto fervor popular aún cuando días antes habían sufrido una tragedia espantosa. Esos 100 mil indios se suman a cientos de millones que en todo el planeta lo conocen, lo admiran, lo aman.
Ok, fama no es prestigio. Fama no es -en definitiva- una virtud. Todo lo que quieran.
Maradona es más famoso que Jesús. Y que los Beatles. Por favor, no quemen nada.
Una pequeña herejía final. Creer en los milagros de Jesús es una cuestión de Fe. Los milagros de Maradona están todos filmados.

de desembre 06, 2008

Los primeros jevis gallegos

Todo el protocolo metalero resumido y doblado al español con Barón Rojo y su éxito Barón Rojo
Los saltitos del De Castro con pelo son muy simpáticos

de novembre 18, 2008

El caso del hombre de la cama en llamas





No creo que pueda borrarme de la memoria su imagen desgarbada y casi desarmada, atado a la camilla, casi sonriendo.
Es verdad, por suerte, que no será esa imagen más fuerte, ni más grande, ni más impactante que esa misma figura arriba del escenario de Atenas, dónde lo vi por primera vez allá a mediados de los 80, algún tiempo después de ese cada vez más difuso y borroso y menos cierto suceso de los pantalones.
Para ese entonces ya era mi amigo. Con él abandoné la niñez. Fueron sus canciones y las de nadie más las que me hicieron abrir los ojos por primera vez. Después vinieron otros tan importantes, tan entrañables… Pero él fue el primero. Como el amigo con el que te hacés la chupina por vez primera, la chica que inauguró tus labios para el amor o la pasión o la calentura, el primer cigarrillo a escondidas… ¡qué cursi puede llegar a ser uno por un amigo!
Su voz está siempre. En las tardes solitarias me exige que no me deje desanimar. Cuando estoy con el patín desecho mirando a mis temores hechos gente, esas noches en que estoy tan solo como un hombre a veces debe de estar, cuando la fiebre de un sábado azul y un domingo sin tristezas hacen que esquive a mi corazón; él es el otro que hay en mi lugar; que dice “¡vamos, vamos! ¡Tu oportunidad está ahí!” Con él fui lo que creí y soy lo que está pasando. En esos momentos grises, solamente me hace falta mirarlo a él, tratando que se muevan estos pies, bajo la luz, tocando hasta el amanecer.



Estoy seguro que aún hoy, y a pesar de lo que dicen muchos cabrones, daría cualquier cosa por amor, daría cualquier cosa por poder llegar un poco más de lo que puede dar. Sin embargo, a la vez nos dice que nos encarguemos de nuestras vidas porque no es mejor que nosotros. Dejate de joder, Charly. Si vos sabés bien que aunque cambiemos de color las trincheras y aunque cambiemos de lugar las banderas, siempre es como la primera vez. Sos -qué duda cabe- quien puede compaginar la inocencia con la piel. Porque naciste para mirar lo que pocos quieren ver. Si sabiendo que no tendrías poder, ni abogados, ni testigos, contaste -de mil maneras- lo que había detrás de aquel espejo. Vos encendiste los candiles para que los brujos no pudieran siquiera pensar en volver a nublarnos el camino. Sos ese hábil jugador y trascendental actor que justifica con la acción toda fantasía; mientras tu inspiración baila mi forma de ser. ¡Qué locos éramos los dos en los buenos tiempos!



Tal vez, como la mayoría de nosotros, no pudo romper las cadenas que lo atan a la eterna pena de ser hombre y de poseer. ¡Miren! Lo están golpeando todo el tiempo. Lo vuelven a golpear. A todos nos siguen pegando abajo.
Por eso, cuando a veces soñamos con los hambrientos, los locos, los que se fueron, los que están en prisión, es necesario despertar cantando alguna de sus canciones, que siempre es necesario cantar de nuevo una vez más. Porque cuando estamos buscando direcciones en libros para cocinar, cuando queremos comprar el mundo en un bazar, mirando todo el tiempo superhéroes y superstars, cuando la radio nos confunde a todos, y las heridas, desgraciadamente, no son sólo del Oficial, él está ahí haciéndonos entender que era posible -y necesario- hacer algo más que ver películas, aún cuando fuera sábado a la noche y un amigo estuviera en cana. Es mejor eso que estarse quieto, que ser un vigilante.



Su corazón se ha partido en dos. Cuando todos vamos a ver, cuando vamos a nacer, tiene que salir y volver, desaparecer, víctima de un sol extraño, víctima de libertad, de sociedad, de soledad. Desprejuiciados -como él- son los que vendrán. Y los que están ya no me importan más. Los carceleros de la humanidad no lo atraparán dos veces con la misma red.
Charly, les contaste un cuento sabiéndolo contar y creyeron que tu alma estaba mal. Don’t worry, la mediocridad para algunos es normal y la locura es poder ver más allá. Vos nunca pudiste entender a los que hacen lo mismo que vos hiciste ayer, pero como hasta ahí no más. ¡Say no more!
Charly, la libertad, siempre la llevarás dentro del corazón. Te pueden corromper, te podés olvidar, pero ella siempre está

de novembre 13, 2008

Ligerita la musica

Ceratti en todo x 2$

d’octubre 28, 2008

Viejo rocker

Cuando sea grande quiero ser como él
Jerry Lee Lewis - Me and Bobby McGee