Después de los gritos, después de los golpes, durante el llanto, Marcio se fue dando un portazo. En ese momento Luana se dijo a sí misma que nunca más, que aquello debía acabarse. Tomó el teléfono y marcó el número de la policía.
Marcio era un imbécil.
Marcio era un resentido.
Marcio era un drogón y un alcohólico.
Marcio era –además- muy previsible. Los agentes lo encontraron en el bar que Luana les había indicado, tomando whisky y gritándole a uno de los camareros del local. Los efectos de la cocaína lo impulsaron a resistirse al arresto. Los efectos del alcohol se lo impidieron.
A esa misma hora, Luana comenzaba su huída. Mientras telefoneaba a su amiga Duda para que la fuera a buscar con su camioneta, comenzaba a amontonar cosas en la puerta del ascensor del elegante piso de Sao Conrado, frente a una de las más exclusivas playas de Río, regalo de casamiento de su suegro. Duda demoró poco más de una hora en llegar desde Barra da Tijuca. Si bien no era gran distancia, el tránsito en el Puente de Joatinga, esa madrugada de sábado, estaba especialmente complicado. Cuando miró el rostro de su amiga (se conocían desde la infancia y habían pasado prácticamente toda su vida juntas. Alguna vez se preguntaron si serían lesbianas, pero la prueba que hicieron cuando tenían 17 años les confirmó que en todo caso eran bisexuales) la abrazó en silencio e inmediatamente comenzó a ayudarla a cargar todo lo que pudieron.
“Vamos a mi casa” dijo Duda casi tres horas después (algo más de las 4 de la mañana) cuando puso en marcha su Nissan Frontier doble cabina. Era lo primero que decía desde que había llegado. Entendía que en ese momento aquello no necesitaba palabras sino acción.
“Solamente por esta noche. Allí es el primer lugar donde me va a buscar, tengo que ir a otro lado” murmuró Luana, que no se hacía muchas ilusiones. Marcio tenía contactos y –como mucho- pasaría una semana guardado.
Sergio (“El Sordo”), Patricio (“Pato”), Gerardo (“El Gordo”) y Gastón (“Alambre”) se sintieron algo decepcionados cuando la Rodovía BR116 los depositó en los suburbios del norte de Río de Janeiro. Habían viajado durante tres días desde Córdoba, durmiendo por turnos en la parte trasera de la Renault Traffic, donde habían puesto un par de colchones. De esta manera solamente hicieron una parada importante en el Parque Nacional de Iguazú, adonde llegaron en la madrugada del segundo día de viaje. En esa ocasión pudieron observar el amanecer en la Garganta del Diablo absolutamente solos. Cuando se dio cuenta de lo que estaba viviendo, a Gerardo se le llenaron los ojos de lágrimas. El viaje fue tranquilo, aun cuando no hicieron caso de la recomendación de no viajar de noche en las rutas brasileñas. Recorrieron más de tres mil kilómetros escuchando una y otra vez temas como “Travelin’ Band” de Creedence, “El cowboy” de Ratones Paranoicos y “El mini mini minimo” de Potato. Salir a la ruta los ponía eufóricos y esta vez el plan era pasar algunos días en Río y luego bajar por la costa hasta Bombinhas, parando adonde los agarrara la tarde.
“Cidade maravillosa, cheia de encantos mil” canturreó irónicamente Alambre observando aquella zona industrial poblada de grandes galpones. Estaban cansados y esperaban encontrarse con la imagen de las postales, con mucho sol, arena, olas y mulatas con culos de campeonato. Por el contrario, la tarde se presentaba lluviosa y fría, lo cual empeoraba las cosas porque ninguno había llevado ropa de abrigo. Del mar ni noticias. El paisaje era montañoso y de tupida vegetación. En las empinadas laderas las favelas aparecían como pequeñas ciudades medievales colgadas de la nada. A los pocos minutos llegaron a la conclusión de que lo primero que habían hecho en Río de Janeiro era perderse. Decidieron seguir por una avenida con la esperanza de encontrar el mar en algún momento. Su intención era encontrar algún camping en la zona de Barra da Tijuca, pero presintieron que no iba a ser fácil llegar allí.
Empezaron a preguntar a cada policía que veían, y notaron que los cariocas hablaban un portugués mucho más cerrado que el que habían escuchado en las canciones de Gilberto Gil y de la gente de Florianópolis y Torres, adonde habían pasado sus vacaciones años anteriores. Asimismo, descubrieron que los policías de Río no entendían el castellano, y mucho menos el portuñol con el que intentaban hacerse entender. Estaban a las puertas de la desesperación cuando en un semáforo escucharon que alguien comentaba: “Queda lejos Córdoba, ¿verdad?” El tipo, de unos 40 años muy bien llevados, estaba sentado en el asiento del acompañante de un Ford Escort Cabriolet color bordó que manejaba una rubia espectacular, y los miraba con expresión divertida. Era –obviamente- argentino, hacía varios años que vivía en Río y les indicó cómo llegar rápidamente a Barra da Tijuca. La situación volvía a normalizarse.
Para dormirse, Luana necesitó cuatro o cinco Ypióca 160 con hielo. Si bien no acostumbraba a beber demasiado, en ese momento le hacía falta bastante aguardiente para poder bajar las pulsaciones. Todo había sido muy violento, nada tenía sentido. Pero al mismo tiempo era cuestión de tiempo. Marcio estaba cada día más enrollado con la cocaína y se había vuelto muy intolerante. Hasta esa noche solamente la había amenazado, por idioteces siempre. Pero ahora había sido un cachetazo primero y después un puñetazo y eso no estaba dispuesta a soportarlo. Pensaba en eso cuando se quedó dormida, justo cuando comenzaba a amanecer.
Se despertó pasado el mediodía. Lo primero que sintió fue un fuerte dolor en el pómulo izquierdo, donde Marcio le había pegado un buen cross. Fue hasta el baño y antes de meterse bajo la ducha se miró al espejo. A esa hinchazón no había maquillaje que la tapara y pasarían varios días hasta que desapareciera. Mientras se bañaba decidió que no iba a mentir. Cuando le preguntaran que le había pasado diría que el imbécil de su marido la había golpeado y por eso estaba preso. Sintió algo de orgullo por esa decisión.
En la cocina encontró una nota en la que Duda le explicaba que había ido a trabajar en taxi, así ella podía disponer del VW Passat si quería salir a buscar un departamento. Luana sonrío por la solidaridad de su amiga. La Nissan estaba todavía cargada con sus cosas y era un peligro andar paseando por la ciudad con tan grande botín encima. Era una tentación para cualquiera. Después de desayunar subió al coche, puso un caset de Legiao Urbana y salió a recorrer la avenida Lucio Costa en dirección al este. Quería estar cerca de la playa; el mar siempre había sido fiel compañero y discreto confidente. No era religiosa, pero sentía que Iemanjá –la madre severa y protectora- se preocupaba por ella y que estando a su lado nada malo podría pasarle. Manejó despacio muchas cuadras, buscando inmobiliarias y carteles de “aluga-se”. No encontraba nada que le llamara la atención. Llegó a Recreio dos Bandeirantes y le llamó la atención un pequeño camping, ubicado en los fondos de un restaurante, calle de por medio con la Praia da Macumba. Había ido muy pocas veces a ese lugar, pero conocía varias historias -¿leyendas?- relacionadas con ceremonias de macumba y candomblé que tenían lugar en esa playa. Era el lugar perfecto, nadie la buscaría en un precario camping de los suburbios. Habló con la encargada, arregló el precio y volvió inmediatamente a la casa de su amiga a buscar la camioneta con sus cosas y esa misma tarde, sin decirle nada ni siquiera a Duda, se instaló en el camping.
Cuando llegaron a Recreio dos Bandeirantes eran cerca de las 6 de la tarde y después de un día nublado y frío, el cielo comenzaba a despejarse y los últimos rayos del día le dieron la bienvenida a Río. Por fin veían sol y mar. Las mulatas con culos de campeonato no deberían andar muy lejos. Ya habían probado suerte en dos campings de Barra da Tijuca pero no consiguieron lugar. Habían viajado durante casi tres días y estaban dispuesto a pagar cualquier precio por un lugar para armar la carpa. El campamento les pareció –como mínimo- curioso, pequeño y precario. Pero había lugar, era barato y estaba calle de por medio con la playa. Arreglaron condiciones inmediatamente y en pocos minutos ya estaban instalados. Pocas horas después, en un barzinho de la playa, devorarían una gran bandeja de ostras en su primera cena carioca. Durante la comida expresaron sus primeras impresiones de sus nuevos vecinos, y coincidieron en ponderar a Vania, la encargada, mujer entrada en años, pero con una actitud de una chica de 20. También estuvieron de acuerdo en las virtudes físicas de Luana, que con algo más de treinta años tenía un cuerpo casi adolescente. Cada uno a su turno expresó alguna fantasía con la rubia que parecía haber huido intempestivamente de algún lado. De Tahina casi no hablaron, fundamentalmente porque su halo misterioso les infundía respeto.
Una semana después de que Luana se instalara en el camping de Recreio dos Bandeirantes, llegaron los argentinos. Eran cuatro muchachos de poco más de 20 años que viajaban por primera vez a Río. Era bastante poco habitual que turistas decidieran acampar allí, ya que era una zona poco promocionada para tal fin. El Río turístico demoraría todavía varios años en llegar.
Esa semana, Luana vivió prácticamente aislada. Telefoneó un par de veces a Duda y a sus padres, pero nada más. Apenas se relacionó con Vania, la encargada del camping, una mujer de unos 60 años que no le hizo demasiadas preguntas pero que tuvo para con ella una actitud de madre y amiga. Además de Vania, en el camping vivía Thaina, que hablaba lo mínimo indispensable y pasaba su tiempo rezando en una mínima habitación de madera y en la playa, dónde muchos atardeceres llevaba a cabo largos, misteriosos y solitarios rituales.
Los muchachos argentinos llegaron para quebrar la monotonía y –por qué no- la paz del lugar. El pequeño camping se llenó de gritos, sonidos de guitarras, risotadas y extrañas canciones en español. Al principio Luana y Vania los miraron con desconfianza. Thaina ni siquiera los registró. Pocas horas después los recién llegados eran como de la familia
Los miraba con una sonrisa divertida. Los chicos, que en poco más de medio día se habían hecho amigos de todos los que andaban por la zona, jugaban en la playa como criaturas, corriendo atrás de una pelota, saltando las olas, gritando, riéndose. La alegría de esos cuatro muchachos era contagiosa y Luana quería dejarse contagiar. Por lo demás, ya había notado como la miraban y no le disgustaba la idea de tener un contacto más cercano con alguno de ellos. Tenía 34 años pero sabía que estaba “muito gostosa”. Hija de padre alemán y madre mulata, tenía el cabello rubio, piel cobriza y ojos casi turquesa. Ni un gramo de grasa, pechos pequeños pero no tanto, una cintura perfecta y un culito que era su orgullo. Si, tenía el cuerpo de una adolescente que nunca pasaba desapercibido.
En determinado momento no pudo reprimir el impulso y se unió a ellos en un ridículo partido de fútbol. Un pelotazo le pegó en un muslo y se introdujo en el improvisado arco construido con un par de remeras. Salió corriendo, festejando exageradamente la conquista, y le dio un efusivo abrazo al Pato, que tras un instante de desconcierto, respondió con igual efusividad. Los otros tres se quedaron mirando. Estuvieron a punto de sumarse al “festejo”, pero enseguida notaron que la cosa iba más allá y resolvieron, cada uno por su parte, hacerse los que no se habían dado cuenta de nada. Al grito de “Bebetinha, bebetinha”, en clara alusión al goleador brasileño que brillaba por entonces en el Deportivo La Coruña, y aparentemente sin percatarse de que su paso se samba hacía que a los argentinos se les desorbitara la mirada y se les revolucionaran las hormonas, fue hacia el mar. El Sordo, el Gordo y Alambre miraron al Pato, que reaccionó inmediatamente, la abrazó y fue bailando al agua imitando su baile.
Fueron nada más que tres días. Los más intensos que Luana había vivido desde que se casó. Iba con los argentinos a todas partes. Hacía de guía y de madrastra, les cocinaba y cuidaba que no los estafaran. Y con Patricio hacía el amor cada vez que podía. Y podía muchas veces. Al principio se avergonzaba un poco y trataba de disimular, pero rápidamente entendió que eso iba a ser muy fugaz y no tenía sentido perder el tiempo tratando de cuidar las formas. Si había un momento en la vida en el que había que descontrolarse, era ese. Pronto aquello iba a ser nada más que un buen recuerdo y eso era algo que a Luana le estaba haciendo falta.
El Sordo acomodaba incesantemente el espejo retrovisor de la Traffic. Atrás, Gerardo se rascaba la cabeza y Gastón miraba reconcentrado un mapa. A unos cinco metros, el Pato y Luana estaban abrazados en silencio. Luana, sin poder reprimir las lágrimas, le dio un profundo beso y –entre sollozos- le dijo: “Voy a volver con mi marido, por ahora no me queda otra. Pero cuando haga el amor con él, voy a pensar en vos”. Sergio izo sonar la bocina, el Pato se separó bruscamente y se subió al vehículo. La imagen en el espejo de Luana sobre el asfalto fue achicándose hasta desaparecer. Ninguno de los cuatro habló hasta llegar a Santos.
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de febrer 27, 2010
de novembre 25, 2009
LA VERDADERA HISTORIA DE ROBERT JOHNSON Y EL CRUCE DE CAMINOS
A solas con su vieja guitarra esperaba la medianoche. Nadie se aventuraba a esa hora por ese lugar. Tengamos en cuenta que corría la década de 1930 y aquello era todo desolación y oscuridad. Dos caminos polvorientos y un solitario árbol era todo el paisaje. No lo vio llegar, a pesar de que había luna llena. Tampoco lo escuchó hasta que susurró a su oído: “¿En qué lo puedo ayudar?”
Robert se quedó helado y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para controlar algunos esfínteres. La repentina aparición de ese hombre alto, elegante, de edad indefinida y tan negro como él, además de su profunda voz de barítono pero con un marcado toque aguardentoso lo dejaron quieto y mudo. ¿Es él de verdad? se preguntaba mientras comenzaba a transpirar, a pesar de lo fresco de la noche.
“Quiero ser el mejor guitarrista clásico del Sureste de Estados Unidos” soltó Robert apenas moviendo los labios. Estaba paralizado.
“A ver, tocá algo”, pidió la sombra que permanecía a su lado.
El joven comenzó algo que parecía ser una sonata de Mozart. Estaba nervioso e incómodo y eso causaba que su interpretación sea peor de lo habitual. La guitarra estaba desafinada y sus viejas cuerdas habían perdido todo su brillo. La sombra comenzó a caminar frente a él, observándolo con un gesto indescifrable. La luna iluminó su rostro, coronado por un imponente sombrero tejano. Lucía una barba de llamativa prolijidad, y un discreto arete adornaba el lóbulo de su oreja izquierda. Sus movimientos eran elásticos, como pasos de un baile lento y fatal. Todo en su figura exhalaba un aire andrógino.
Al cabo de unos pocos minutos le indicó con un gesto suave que se detuviera. Con las manos en los bolsillos y mirándole los zapatos gastados murmuró: “No, lo tuyo es otra cosa”. Robert permanecía firme como un soldado.”Además, la música clásica no pega por esta zona. Por otra parte, los negros no nos dedicamos a esas mariconadas, nosotros hacemos blues, papá”.
- Pero… el blues es música de negros, señor; se animó a decir Robert
- ¡Ah bueno! Ahora estoy hablando con el “Payo” Johnson.
- N..no… lo que quiero decir es que…
- Ya sé lo que querés decir, pero no. Voy a ser claro: tocando clásico sos de lo peor que he escuchado en cientos de años, pero de acá a unos años el blues va a ser un estilo muy respetado y exitoso. Y vos vas a ser el padre de eso. Esa es mi oferta.
- Peero… yo todavía no quiero ser padre, soy muy joven todavía.
- ¿Además de mal músico sos pelotudo? Entonces esto te va a salir más caro.
- Entonces, además de mi alma ¿qué otra cosa le voy a tener que entregar?
- Mmmhh… ya lo voy a pensar, pero relajate. Vamos a empezar ahora.
-¿Empezar? ¿No es instantáneo?
- Nada es instantáneo, nene. ¿Vos te creés que el mundo se hizo en un día?. El Otro hizo un gesto de desagrado. ¡Mierda, tengo que dejar de usar ese ejemplo!
- ¿Y que vamos a hacer?
La guitarra apareció de la nada. Estaba suspendida a unos 50 centímetros del piso, iluminada desde abajo por un haz de luz que parecía venir desde el centro mismo del averno. A Robert ese efecto le pareció excesivo y presuntuoso. No dijo nada, pero supo que El Otro sabía lo que pensaba.
- Es verdad –dijo El Otro, con una sonrisa burlona- es excesivo y presuntuoso, pero lo importante es el mensaje. Lo que voy a hacer ahora es ponerme a enseñarte a tocar la guitarra negro.
- ¿Cómo, me va a dar clases? No es lo que había imaginado.
- Lo que pasa es que a vos tu imaginación te caga. Por ejemplo, ¿vos en verdad creés que yo soy negro?
- Si, siempre lo imaginé así, es lo que dicen todos.
- Eso es porque vivís con negros. Pero yo soy como me imaginan. Si me hubieras imaginado como un dragón emplumado, así sería.
- Ahora que lo pienso bien, hay una chica que trabaja en un cabaret de…
- Buen intento, pero la primera imagen es la que cuenta; dijo El Otro mientras tomaba la guitarra y se sentaba en un banquito que antes no estaba allí. Dale, sentate y empecemos.
Robert miró a su alrededor. Solamente había una piedra que, obviamente, antes no estaba allí. El Otro marcaba diferencias con discutible sutileza.
- ¿Tenés algo? Preguntó.
Robert titubeó, amagó unas notas y dijo:
- Había pensado algo así: “Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado / Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados / Hoy llovió y todavía está nublado”.
- Eso es realmente muy bueno, dijo El Otro sorprendido, pero dejémoslo para después, porque si no cantás en inglés, nadie te va entender un joraca. Probemos con esto: “I went down to the crossroad, fell down on my knees / I went down to the crossroad, fell down on my knees / Asked the lord above Have mercy now, save poor Bob if you please”
Robert se quedó helado y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para controlar algunos esfínteres. La repentina aparición de ese hombre alto, elegante, de edad indefinida y tan negro como él, además de su profunda voz de barítono pero con un marcado toque aguardentoso lo dejaron quieto y mudo. ¿Es él de verdad? se preguntaba mientras comenzaba a transpirar, a pesar de lo fresco de la noche.
“Quiero ser el mejor guitarrista clásico del Sureste de Estados Unidos” soltó Robert apenas moviendo los labios. Estaba paralizado.
“A ver, tocá algo”, pidió la sombra que permanecía a su lado.
El joven comenzó algo que parecía ser una sonata de Mozart. Estaba nervioso e incómodo y eso causaba que su interpretación sea peor de lo habitual. La guitarra estaba desafinada y sus viejas cuerdas habían perdido todo su brillo. La sombra comenzó a caminar frente a él, observándolo con un gesto indescifrable. La luna iluminó su rostro, coronado por un imponente sombrero tejano. Lucía una barba de llamativa prolijidad, y un discreto arete adornaba el lóbulo de su oreja izquierda. Sus movimientos eran elásticos, como pasos de un baile lento y fatal. Todo en su figura exhalaba un aire andrógino.
Al cabo de unos pocos minutos le indicó con un gesto suave que se detuviera. Con las manos en los bolsillos y mirándole los zapatos gastados murmuró: “No, lo tuyo es otra cosa”. Robert permanecía firme como un soldado.”Además, la música clásica no pega por esta zona. Por otra parte, los negros no nos dedicamos a esas mariconadas, nosotros hacemos blues, papá”.
- Pero… el blues es música de negros, señor; se animó a decir Robert
- ¡Ah bueno! Ahora estoy hablando con el “Payo” Johnson.
- N..no… lo que quiero decir es que…
- Ya sé lo que querés decir, pero no. Voy a ser claro: tocando clásico sos de lo peor que he escuchado en cientos de años, pero de acá a unos años el blues va a ser un estilo muy respetado y exitoso. Y vos vas a ser el padre de eso. Esa es mi oferta.
- Peero… yo todavía no quiero ser padre, soy muy joven todavía.
- ¿Además de mal músico sos pelotudo? Entonces esto te va a salir más caro.
- Entonces, además de mi alma ¿qué otra cosa le voy a tener que entregar?
- Mmmhh… ya lo voy a pensar, pero relajate. Vamos a empezar ahora.
-¿Empezar? ¿No es instantáneo?
- Nada es instantáneo, nene. ¿Vos te creés que el mundo se hizo en un día?. El Otro hizo un gesto de desagrado. ¡Mierda, tengo que dejar de usar ese ejemplo!
- ¿Y que vamos a hacer?
La guitarra apareció de la nada. Estaba suspendida a unos 50 centímetros del piso, iluminada desde abajo por un haz de luz que parecía venir desde el centro mismo del averno. A Robert ese efecto le pareció excesivo y presuntuoso. No dijo nada, pero supo que El Otro sabía lo que pensaba.
- Es verdad –dijo El Otro, con una sonrisa burlona- es excesivo y presuntuoso, pero lo importante es el mensaje. Lo que voy a hacer ahora es ponerme a enseñarte a tocar la guitarra negro.
- ¿Cómo, me va a dar clases? No es lo que había imaginado.
- Lo que pasa es que a vos tu imaginación te caga. Por ejemplo, ¿vos en verdad creés que yo soy negro?
- Si, siempre lo imaginé así, es lo que dicen todos.
- Eso es porque vivís con negros. Pero yo soy como me imaginan. Si me hubieras imaginado como un dragón emplumado, así sería.
- Ahora que lo pienso bien, hay una chica que trabaja en un cabaret de…
- Buen intento, pero la primera imagen es la que cuenta; dijo El Otro mientras tomaba la guitarra y se sentaba en un banquito que antes no estaba allí. Dale, sentate y empecemos.
Robert miró a su alrededor. Solamente había una piedra que, obviamente, antes no estaba allí. El Otro marcaba diferencias con discutible sutileza.
- ¿Tenés algo? Preguntó.
Robert titubeó, amagó unas notas y dijo:
- Había pensado algo así: “Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado / Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados / Hoy llovió y todavía está nublado”.
- Eso es realmente muy bueno, dijo El Otro sorprendido, pero dejémoslo para después, porque si no cantás en inglés, nadie te va entender un joraca. Probemos con esto: “I went down to the crossroad, fell down on my knees / I went down to the crossroad, fell down on my knees / Asked the lord above Have mercy now, save poor Bob if you please”
de setembre 15, 2009
Perfección
"Era el falsificador más grande que ha existido jamás. Gilberto Edilsao Ascencio Guimaraes Costa fue el mejor falsificador de la historia".
Al viejo Ricardo le gustaba acaparar la atención de toda su audiencia. Por eso cada vez que iniciaba el relato lo hacía de un modo terminante. No había forma de no escucharlo cuando pomposamente anunciaba su participación en la charla.
"Conocido en el mundo del hampa como 'El Brasuca', llegó a la Argentina huyendo de las consecuencias de una estafa con títulos de propiedad de terrenos estatales entregados a un grupo de 'Sin Tierra' de las cercanías de Manaos. El trabajo realizado por Gilberto fue de tal perfección que hasta el propio ministro del interior del Brasil debió reconocer la validez de los documentos luego que el departamento de Pericias de la Policía Militar le informara que no existía diferencia alguna entre los títulos apócrifos y los auténticos impresos en la casa de la moneda de Brasilia. De todos modos, el mismo funcionario ordenó a los servicios de inteligencia que eliminaran discretamente al autor del desfalco"
El viejo -que había comenzado su carrera trabajado en el periódico de un pequeño pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires- utilizaba siempre un lenguaje más acorde a una crónica policial que a una charla de fogón. Y nadie creía que fuera un charlatán, porque sus anécdotas eran muy espaciadas, no tenía una en cada reunión, sino que los pormenorizados relatos se escuchaban muy de cuando en cuando. Por cierto, su público era muy seleccionado y no cualquiera podía acceder a sus historias. Cuando entendía que alguno de los presentes no estaba a la altura de las circunstancias, guardaba un mutismo total.
"Su único defecto, tal vez, es que era un romántico. Cuando una causa ganaba su simpatía, trabajaba en forma gratuita, lo que muchas veces le valió la reprimenda -cuando no decididos atentados- por parte de sus colegas. De todos modos, el 'brasuca' no aprendía y se anotaba en cuanta causa justa precisara de sus servicios. Aquel trabajo de Manaos fue uno de ellos. No ganó ni un peso -a pesar de todo lo que se dijo- y debió huir de Brasil con una mano atrás y otra adelante.
Según pude enterarme, al llegar a Buenos Aires permaneció tres años sin actividad. Su capacidad lo llevó, en ese tiempo, a falsificar un porteño perfecto, con los recuerdos de un padre llegado de Italia y muerto en un accidente en el puerto -donde laburaba de estibador- y una viejita española que echó su último aliento limpiando el patio de un conventillo. Su acento era propio de una persona que había nacido y se había criado en cualquier cortada de La Boca o Palermo. En realidad nunca nadie supo que había nacido en Brasil. El apodo de 'brasuca' obedecía a que Gilberto despotricaba contra la política exterior del hermano país, y llamaba a sus habitantes -sus connacionales- de esa despectiva manera.
Obviamente, Guimaraes cambió su nombre. En los ambientes marginales se presentaba como Hilario Bustos y su nombre fue mentado durante mucho tiempo, incluso después de su muerte. Más de una niña de la vida, paraguayitas de las más variadas casas de tolerancia y provincianas de todos los cabarets del Oeste porteño dejaron caer una lágrima cuando se supo lo del suicidio, pero eso es harina de otro costal."
Don Ricardo, que pisaba firmemente los 70 años, usaba constantemente palabras caídas en desuso y frases hechas muy antiguas. Cuando tenía 25 años se fue a vivir a la Capital Federal y recorrió la redacción de varios diarios durante 4 décadas hasta que resolvió jubilarse y venirse a vivir a Molinari, en un pequeño chalet que había comprado en un remate varios años antes, sin siquiera saber en que provincia estaba esa localidad. Era un hombre reservado y disfrutaba la calma de los inviernos del Valle de Punilla. Pero no era hosco y en los meses estivales se relacionaba gustosamente con los veraneantes que le tenían un gran afecto y lo invitaban a todas las reuniones. Sus relatos habían ganado cierta fama en la zona y todos tenían la esperanza de poder escucharlo.
"Cuando comenzó a trabajar en la Capital se hizo famoso entre las gentes de mal vivir y la policía empezó a prestarle atención a las excelentes falsificaciones que aparecían de tanto en tanto. Sus trabajos no eran muchos, pero hacían ruido y le brindaban respeto y admiración desde ambos lados de la ley. A punto tal que fue contactado en forma extraoficial por los altos mandos de la Federal, la Gendarmería y varios jueces. El objetivo no era 'apretarlo', sino encargarle algunos trabajos a cambio de dejarlo tranquilo un tiempo. Quienes tenían a su cargo la defensa de la justicia no buscaban realizar estafas. Lo que querían era alimentar su ego con distinciones falsificadas. Entonces, Hilario Bustos -es decir, Guimaraes Costa- confeccionaba diplomas, acuñaba medallas, imprimía pergaminos, organizabas cocteles y falsificaba funcionarios de segunda línea que expresaban sentidas palabras destacando la personalidad y hombría de bien del distinguido, que dejaba escapar una que otra lágrima y olvidaba por completo que se trataba de una farsa. De todos modos al 'brasuca' no le gustaba que su nombre estuviera en boca de demasiada gente, por lo que seleccionaba minuciosamente sus trabajos, ya fueran pagados en efectivo o con favores.
De todos modos, por más espaciadas que fueran sus apariciones en escena, su sello era inconfundible. Tenía un estilo magistral y lujoso. Sus incursiones eran siempre espectaculares y ganaban siempre las primeras planas de los diarios. Si bien nunca -hasta aquella fatídica madrugada- se pudo probar, pero siempre existió la plena seguridad que era él. Tanto éxito fue alimentando su ego y de ser un tipo de perfil bajo, con el tiempo fue volviéndose fanfarrón."
El viejo Ricardo podría haber hecho carrera en el radioteatro, ya que manejaba las modulaciones de su voz y los imprescindibles silencios con la maestría de un profesional. Cuando el relato iba ganando en tensión y en atención, el hombre hacía una pausa, buscaba un cigarrillo, lo encendía, hacía una gran bocanada, saboreaba el humo y lo expulsaba lentamente antes de continuar. Ese momento era la gloria para él.
"Entonces, Guimaraes Costa -o sea, Hilario Bustos- cometió el peor de los errores que puede cometer un elemento de mal vivir: se creyó omnipotente, superior e inalcanzable. Comenzó a salir de las sombras, empezó a disfrutar el ser reconocido fuera del ambiente en el que siempre se había movido. Dejó de frecuentar a las busconas de cinco guitas y fue a coquetear con señoras de la alta sociedad hartas de sus maridos demasiado enfrascados en sus negocios. Iba de una reunión a otra, saltaba de un lecho a otro, hasta que sucedió lo que tenía que suceder."
De contextura más bien robusta, casi calvo y con una barba blanca que le brindaba un aspecto entre paternal y misterioso, Ricardo mantenía dos vicios adquiridos en las cerradas y mal iluminadas oficinas de los diarios de su época: los cigarrillos Imparciales y el café. A veces pedía una ginebra o un wisky, pero normalmente tomaba Coca Cola. Cuando hablaba fijaba la mirada en un punto lejano, sin mirar a su audiencia y en determinados momentos hacía gestos con las manos para graficar la grandeza de una fiesta o la violencia de un combate, la dureza de un dirigente sindical o la varonil personalidad de un cantante de tangos. Sus manos eran una parte más del relato.
"El 'brasuca' se convirtió en el amante de la esposa de un diputado. La mina era una cuarentona bien conservada, con todos sus encantos apetecibles. El marido era un tipo del que se comentaba que estaba relacionado con la pesada, metido en la trata de blancas y el contrabando. También se decía que se había cargado a un par de rufianes que se quisieron pasar de vivos. Algunos afirmaban que la fajaba a la mujer y gustaba de empinar el codo tupido.
Pero ninguno de estos antecedentes impidieron que Bustos se hiciera habitué de la alcoba de la esposa del diputado. Como el tipo hacía continuos viajes al Paraguay para traer mercadería, el 'brasuca' la llevaba a los hoteles más pitucos de Buenos Aires a pasar fines de semana que eran verdadera -y ustedes disculpen- orgías sensoriales.
Por ese entonces, el director del diario me encargó realizar una investigación sobre delincuentes que se ganaban la admiración y el cariño de la gente respetable. Le nombré a algunos famosos, como Borsalino, pero el hombre quería casos actuales y me mandó a hablar con un tipo de la Federal.
El Principal Vílchez era un verdadero personaje que desde hacía un par de años hacía tareas administrativas en la Central debido a que un balazo le había dejado una pierna prácticamente inútil. Era evidente que ese trabajo no le gustaba, pero se lo tomaba con humor. 'Lo mío, caballero, es la acción, la calle, la primera línea de combate' me comentó en nuestra primera entrevista. Aunque bastante bruto, era un tipo de buenos modales, de un gesto impostádamente amable, pero de una dureza intimidante. Enseguida salió el nombre del 'brasuca', de quien yo había oído hablar bastante, aunque sin demasiados detalles. Hasta ese momento era para mí más un mito que un personaje real.
Vílchez estaba obsesionado con Hilario Bustos, aunque -como casi todo el mundo- no tenía demasiados datos como para dar con él. Pero me tiró un par de pistas importantes, como por ejemplo su relación con la mina del diputado. Ese fue el punto de partida.
A partir de entonces, comencé a seguir a la mujer día y noche. Al parecer, el marido sospechaba algo porque estaba siempre protegida -o vigilada- por dos gorilas que tenían pinta de pesados de verdad.
De todos modos, un jueves por la noche, la mina se escabulló de la mansión por la puerta de servicio vestida de mucama. Me sorprendió que una triquiñuela tan simple pudiera despistar a los cancerberros, pero en realidad, mirándole la cara a la luz del día, se podría decir que la inteligencia no era el punto fuerte de esos muchachones."
El viejo Ricardo hablaba muy poco de su vida. No se sabía si era o había sido casado, ni si tenía algún pariente. Tan sólo tiraba algunos datos aislados como nombres de diarios en los que había trabajado o los barrios en los que se encontraban las pensiones donde pernoctaba. Su propia historia permanecía en el más profundo de los misterios.
"Al parecer, 'el brasuca' se descuidó, porque lo agarraron una madrugada cuando salía medio borracho de un cabaret acompañado por dos niñas. La cana montó un operativo espectacular y el hombre tuvo que entregarse, aunque gritaba que no era él a quien buscaba, pero nadie le creyó. En su poder se encontraron documentos falsos -de gran factura- y en el departamento que habitaba en Almagro se secuestraron numerosos elementos que fueron pruebas irrefutables de su profesión de falsificador. Bustos escuchó la sentencia del Juez -25 años de prisión- llorando y jurando su inocencia. Tres meses después apareció colgado en su celda. Así, como un ratero común, se apagó el más brillante falsificador del que se haya tenido noticias en esta parte del mundo."
Una tarde, cinco móviles de la Policía Federal destrozaron la calma habitual del otoño de Molinari. Los coches policiales rodearon la casa del Viejo Ricardo y pocos minutos después se lo llevaron sin ningún tipo de explicación. Dos días después recibí una carta en la que Ricardo me designaba su abogado defensor. Inmediatamente fui a verlo a la alcaldía de la sede de la Federal en La Falda. y allí, con voz cansada, me contó el final de la historia.
"Debo confesarte, estimado amigo, que mi verdadero nombre no es Ricardo, ni siquiera Hilario Bustos. Me llamo Gilberto Edilsao Ascencio Guimaraes Costa y nací en un pequeño pueblo del Estado de Minas llamado Ascençao do María Santísima. Todo lo que conté de mí es -objetivamente- cierto, aún cuando todo pareciera teñido de soberbia. Tan sólo me faltó explicar que en determinado momento me cansé de llevar una doble vida, ejerciendo el periodismo como pantalla y desarrollando mi verdadera pasión por la falsificación. Por eso, cuando el director del diario me mandó a investigar a los delincuentes con gran aceptación en el vulgo, pergeñé el final del 'brasuca'. Fue mi penúltimo acto: falsifiqué un falsificador y falsifiqué su suicidio. Esto último tal vez haya sido el punto más oscuro de mi carrera, pero -aunque me avergüenza- era necesario en ese momento. Pero la verdad es que no aguantaba más el cargo de conciencia y de a poco fui falsificando una investigación que le permintió a un mediocre detective de la policía llegar a la conclusión que Hilario Bustos aun vivía y que residía en un pequeño pueblito en las sierras de Córdoba, presumiblemente alejado del ámbito delictivo."
Enero de 2000
Al viejo Ricardo le gustaba acaparar la atención de toda su audiencia. Por eso cada vez que iniciaba el relato lo hacía de un modo terminante. No había forma de no escucharlo cuando pomposamente anunciaba su participación en la charla.
"Conocido en el mundo del hampa como 'El Brasuca', llegó a la Argentina huyendo de las consecuencias de una estafa con títulos de propiedad de terrenos estatales entregados a un grupo de 'Sin Tierra' de las cercanías de Manaos. El trabajo realizado por Gilberto fue de tal perfección que hasta el propio ministro del interior del Brasil debió reconocer la validez de los documentos luego que el departamento de Pericias de la Policía Militar le informara que no existía diferencia alguna entre los títulos apócrifos y los auténticos impresos en la casa de la moneda de Brasilia. De todos modos, el mismo funcionario ordenó a los servicios de inteligencia que eliminaran discretamente al autor del desfalco"
El viejo -que había comenzado su carrera trabajado en el periódico de un pequeño pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires- utilizaba siempre un lenguaje más acorde a una crónica policial que a una charla de fogón. Y nadie creía que fuera un charlatán, porque sus anécdotas eran muy espaciadas, no tenía una en cada reunión, sino que los pormenorizados relatos se escuchaban muy de cuando en cuando. Por cierto, su público era muy seleccionado y no cualquiera podía acceder a sus historias. Cuando entendía que alguno de los presentes no estaba a la altura de las circunstancias, guardaba un mutismo total.
"Su único defecto, tal vez, es que era un romántico. Cuando una causa ganaba su simpatía, trabajaba en forma gratuita, lo que muchas veces le valió la reprimenda -cuando no decididos atentados- por parte de sus colegas. De todos modos, el 'brasuca' no aprendía y se anotaba en cuanta causa justa precisara de sus servicios. Aquel trabajo de Manaos fue uno de ellos. No ganó ni un peso -a pesar de todo lo que se dijo- y debió huir de Brasil con una mano atrás y otra adelante.
Según pude enterarme, al llegar a Buenos Aires permaneció tres años sin actividad. Su capacidad lo llevó, en ese tiempo, a falsificar un porteño perfecto, con los recuerdos de un padre llegado de Italia y muerto en un accidente en el puerto -donde laburaba de estibador- y una viejita española que echó su último aliento limpiando el patio de un conventillo. Su acento era propio de una persona que había nacido y se había criado en cualquier cortada de La Boca o Palermo. En realidad nunca nadie supo que había nacido en Brasil. El apodo de 'brasuca' obedecía a que Gilberto despotricaba contra la política exterior del hermano país, y llamaba a sus habitantes -sus connacionales- de esa despectiva manera.
Obviamente, Guimaraes cambió su nombre. En los ambientes marginales se presentaba como Hilario Bustos y su nombre fue mentado durante mucho tiempo, incluso después de su muerte. Más de una niña de la vida, paraguayitas de las más variadas casas de tolerancia y provincianas de todos los cabarets del Oeste porteño dejaron caer una lágrima cuando se supo lo del suicidio, pero eso es harina de otro costal."
Don Ricardo, que pisaba firmemente los 70 años, usaba constantemente palabras caídas en desuso y frases hechas muy antiguas. Cuando tenía 25 años se fue a vivir a la Capital Federal y recorrió la redacción de varios diarios durante 4 décadas hasta que resolvió jubilarse y venirse a vivir a Molinari, en un pequeño chalet que había comprado en un remate varios años antes, sin siquiera saber en que provincia estaba esa localidad. Era un hombre reservado y disfrutaba la calma de los inviernos del Valle de Punilla. Pero no era hosco y en los meses estivales se relacionaba gustosamente con los veraneantes que le tenían un gran afecto y lo invitaban a todas las reuniones. Sus relatos habían ganado cierta fama en la zona y todos tenían la esperanza de poder escucharlo.
"Cuando comenzó a trabajar en la Capital se hizo famoso entre las gentes de mal vivir y la policía empezó a prestarle atención a las excelentes falsificaciones que aparecían de tanto en tanto. Sus trabajos no eran muchos, pero hacían ruido y le brindaban respeto y admiración desde ambos lados de la ley. A punto tal que fue contactado en forma extraoficial por los altos mandos de la Federal, la Gendarmería y varios jueces. El objetivo no era 'apretarlo', sino encargarle algunos trabajos a cambio de dejarlo tranquilo un tiempo. Quienes tenían a su cargo la defensa de la justicia no buscaban realizar estafas. Lo que querían era alimentar su ego con distinciones falsificadas. Entonces, Hilario Bustos -es decir, Guimaraes Costa- confeccionaba diplomas, acuñaba medallas, imprimía pergaminos, organizabas cocteles y falsificaba funcionarios de segunda línea que expresaban sentidas palabras destacando la personalidad y hombría de bien del distinguido, que dejaba escapar una que otra lágrima y olvidaba por completo que se trataba de una farsa. De todos modos al 'brasuca' no le gustaba que su nombre estuviera en boca de demasiada gente, por lo que seleccionaba minuciosamente sus trabajos, ya fueran pagados en efectivo o con favores.
De todos modos, por más espaciadas que fueran sus apariciones en escena, su sello era inconfundible. Tenía un estilo magistral y lujoso. Sus incursiones eran siempre espectaculares y ganaban siempre las primeras planas de los diarios. Si bien nunca -hasta aquella fatídica madrugada- se pudo probar, pero siempre existió la plena seguridad que era él. Tanto éxito fue alimentando su ego y de ser un tipo de perfil bajo, con el tiempo fue volviéndose fanfarrón."
El viejo Ricardo podría haber hecho carrera en el radioteatro, ya que manejaba las modulaciones de su voz y los imprescindibles silencios con la maestría de un profesional. Cuando el relato iba ganando en tensión y en atención, el hombre hacía una pausa, buscaba un cigarrillo, lo encendía, hacía una gran bocanada, saboreaba el humo y lo expulsaba lentamente antes de continuar. Ese momento era la gloria para él.
"Entonces, Guimaraes Costa -o sea, Hilario Bustos- cometió el peor de los errores que puede cometer un elemento de mal vivir: se creyó omnipotente, superior e inalcanzable. Comenzó a salir de las sombras, empezó a disfrutar el ser reconocido fuera del ambiente en el que siempre se había movido. Dejó de frecuentar a las busconas de cinco guitas y fue a coquetear con señoras de la alta sociedad hartas de sus maridos demasiado enfrascados en sus negocios. Iba de una reunión a otra, saltaba de un lecho a otro, hasta que sucedió lo que tenía que suceder."
De contextura más bien robusta, casi calvo y con una barba blanca que le brindaba un aspecto entre paternal y misterioso, Ricardo mantenía dos vicios adquiridos en las cerradas y mal iluminadas oficinas de los diarios de su época: los cigarrillos Imparciales y el café. A veces pedía una ginebra o un wisky, pero normalmente tomaba Coca Cola. Cuando hablaba fijaba la mirada en un punto lejano, sin mirar a su audiencia y en determinados momentos hacía gestos con las manos para graficar la grandeza de una fiesta o la violencia de un combate, la dureza de un dirigente sindical o la varonil personalidad de un cantante de tangos. Sus manos eran una parte más del relato.
"El 'brasuca' se convirtió en el amante de la esposa de un diputado. La mina era una cuarentona bien conservada, con todos sus encantos apetecibles. El marido era un tipo del que se comentaba que estaba relacionado con la pesada, metido en la trata de blancas y el contrabando. También se decía que se había cargado a un par de rufianes que se quisieron pasar de vivos. Algunos afirmaban que la fajaba a la mujer y gustaba de empinar el codo tupido.
Pero ninguno de estos antecedentes impidieron que Bustos se hiciera habitué de la alcoba de la esposa del diputado. Como el tipo hacía continuos viajes al Paraguay para traer mercadería, el 'brasuca' la llevaba a los hoteles más pitucos de Buenos Aires a pasar fines de semana que eran verdadera -y ustedes disculpen- orgías sensoriales.
Por ese entonces, el director del diario me encargó realizar una investigación sobre delincuentes que se ganaban la admiración y el cariño de la gente respetable. Le nombré a algunos famosos, como Borsalino, pero el hombre quería casos actuales y me mandó a hablar con un tipo de la Federal.
El Principal Vílchez era un verdadero personaje que desde hacía un par de años hacía tareas administrativas en la Central debido a que un balazo le había dejado una pierna prácticamente inútil. Era evidente que ese trabajo no le gustaba, pero se lo tomaba con humor. 'Lo mío, caballero, es la acción, la calle, la primera línea de combate' me comentó en nuestra primera entrevista. Aunque bastante bruto, era un tipo de buenos modales, de un gesto impostádamente amable, pero de una dureza intimidante. Enseguida salió el nombre del 'brasuca', de quien yo había oído hablar bastante, aunque sin demasiados detalles. Hasta ese momento era para mí más un mito que un personaje real.
Vílchez estaba obsesionado con Hilario Bustos, aunque -como casi todo el mundo- no tenía demasiados datos como para dar con él. Pero me tiró un par de pistas importantes, como por ejemplo su relación con la mina del diputado. Ese fue el punto de partida.
A partir de entonces, comencé a seguir a la mujer día y noche. Al parecer, el marido sospechaba algo porque estaba siempre protegida -o vigilada- por dos gorilas que tenían pinta de pesados de verdad.
De todos modos, un jueves por la noche, la mina se escabulló de la mansión por la puerta de servicio vestida de mucama. Me sorprendió que una triquiñuela tan simple pudiera despistar a los cancerberros, pero en realidad, mirándole la cara a la luz del día, se podría decir que la inteligencia no era el punto fuerte de esos muchachones."
El viejo Ricardo hablaba muy poco de su vida. No se sabía si era o había sido casado, ni si tenía algún pariente. Tan sólo tiraba algunos datos aislados como nombres de diarios en los que había trabajado o los barrios en los que se encontraban las pensiones donde pernoctaba. Su propia historia permanecía en el más profundo de los misterios.
"Al parecer, 'el brasuca' se descuidó, porque lo agarraron una madrugada cuando salía medio borracho de un cabaret acompañado por dos niñas. La cana montó un operativo espectacular y el hombre tuvo que entregarse, aunque gritaba que no era él a quien buscaba, pero nadie le creyó. En su poder se encontraron documentos falsos -de gran factura- y en el departamento que habitaba en Almagro se secuestraron numerosos elementos que fueron pruebas irrefutables de su profesión de falsificador. Bustos escuchó la sentencia del Juez -25 años de prisión- llorando y jurando su inocencia. Tres meses después apareció colgado en su celda. Así, como un ratero común, se apagó el más brillante falsificador del que se haya tenido noticias en esta parte del mundo."
Una tarde, cinco móviles de la Policía Federal destrozaron la calma habitual del otoño de Molinari. Los coches policiales rodearon la casa del Viejo Ricardo y pocos minutos después se lo llevaron sin ningún tipo de explicación. Dos días después recibí una carta en la que Ricardo me designaba su abogado defensor. Inmediatamente fui a verlo a la alcaldía de la sede de la Federal en La Falda. y allí, con voz cansada, me contó el final de la historia.
"Debo confesarte, estimado amigo, que mi verdadero nombre no es Ricardo, ni siquiera Hilario Bustos. Me llamo Gilberto Edilsao Ascencio Guimaraes Costa y nací en un pequeño pueblo del Estado de Minas llamado Ascençao do María Santísima. Todo lo que conté de mí es -objetivamente- cierto, aún cuando todo pareciera teñido de soberbia. Tan sólo me faltó explicar que en determinado momento me cansé de llevar una doble vida, ejerciendo el periodismo como pantalla y desarrollando mi verdadera pasión por la falsificación. Por eso, cuando el director del diario me mandó a investigar a los delincuentes con gran aceptación en el vulgo, pergeñé el final del 'brasuca'. Fue mi penúltimo acto: falsifiqué un falsificador y falsifiqué su suicidio. Esto último tal vez haya sido el punto más oscuro de mi carrera, pero -aunque me avergüenza- era necesario en ese momento. Pero la verdad es que no aguantaba más el cargo de conciencia y de a poco fui falsificando una investigación que le permintió a un mediocre detective de la policía llegar a la conclusión que Hilario Bustos aun vivía y que residía en un pequeño pueblito en las sierras de Córdoba, presumiblemente alejado del ámbito delictivo."
Enero de 2000
de maig 12, 2009
La carrera
La verdad es que no sé si creerle a mi tío Mario cuando me cuenta las hazañas automovilísticas de su tío Sofiatto. Lo que pasa es que el hermano de mi vieja lo admiraba mucho y a veces exagera un poco. Pero sin lugar a dudas resulta entretenido recordar las andanzas de un tipo que fue un verdadero fuera de serie. Dandy, playboy, fachero, timbero y aventurero. Las otras tías -cuenta Mario- lo criticaban permantemente, se escandalizaban por sus "hazañas", pero en realidad era imposible no quererlo. Era un ganador nato, aún cuando la mayoría de sus fabulosos negocios terminaran en rotundos fracasos. Aún cuando la justicia lo hubiera convocado en más de una oportunidad por algunas cuentas que no estaban demasiado claras. Pero de esos entreveros, él siempre salía airoso, bien peinado y sin una arruga en el traje. Nunca le faltó una testigo dispuesta a declarar a su favor. Su simpatía lo podía todo.
Y como le correspondía a un bon vivant de su época, al tío Sofiatto le apasionaba el automovilismo. Aquellas frágiles máquinas que se desplazaban a más de doscientos kilómetros por hora lo desvelaban y hablaba de ellas todo el tiempo. Consumía todo lo que estaba relacionado con ellas: libros, revistas, diarios, noticieros del cine y programas informativos de radio.
Sus ahorros dejaron de ir a la mesa de juego -donde en reconentradas noches de poker y dados perdió y ganó siempre con el mismo gesto caballeresco y cortés- para solventar la construcción de un pequeño taller adjunto a la estación de servicio de su propiedad (en pleno centro de Paraná, una mina de oro), en el que preparó un auto con el que comenzó a competir en las carreras zonales.
Y en verdad era bueno. Se impuso en algunos campeonatos y comenzó a ganarse un nombre en la provincia, que en pocos años le comenzó a quedar chica, aunque en realidad, el dinero no le alcanzaba para pegar el salto al gran automovilismo nacional.
Pero una vez más la suerte estuvo de su lado. Y esta vez no fue en el verde paño de los naipes, sino en el roble de los escritorios gubernamentales.
Sucede que el gobierno de Entre Ríos soñaba, como el tío Sofiatto, ganar las primeras planas nacionales, y encaró la organización de una gran competencia automovilística, convocando a lo más granado del deporte motor de Argentina y del extranjero. Cuando leyó la noticia en El Diario, el tío sintió que se iba a largar a llorar. En ese momento decidió que iba a participar de esa carrera, y nadie se lo iba a impedir.
Según recuerda mi tío Mario, que por aquel entonces habrá tenido siete u ocho años, Sofiatto convocó a dos o tres mecánicos que hacían algunas changas en su estación de servicio y por cinco o seis meses se aisló del mundo. Dejó el negocio en manos de mi abuelo (que a pesar de tener una personalidad totalmente opuesta no podía negarse a un pedido suyo. En realidad nadie podía) y se encerró en el taller a dar forma a su sueño. Con poco dinero (apenas lo justo), empeñando algunas pertenencias, apelando a su irresistible simpatía y a muchos contactos ganados en numerosas y largas tertulias de timba y bohemia, fue consiguiendo los elementos necesarios para construir un coche que le permitiera estar en la línea de largada. Cuando empezó no le importaba llegar a la meta cuando ya no quedara nadie, pero a medida que el coche tomaba forma, su imaginación lo iba poniendo cada vez más adelante en la clasificación.
Y así fue que, cuando realizó las primeras pruebas en el circuito del Parque Urquiza, donde se iba a llevar a cabo la competencia, se dio cuenta que en realidad los tiempos no eran tan malos, y que podría abrigar alguna esperanza de dar pelea.
Y llegó el gran día. Un domingo de julio, con un sol casi primaveral y con una multitud dirigiéndose al balneario del Club Rowing -platea preferencial para ver la largada- o aprovechando la inigualable tribuna natural brindada por las barrancas del parque. Era un día histórico. El crédito local, el tío Sofiatto, se vería las caras con lo mejor del automovilismo argentino y de distintos puntos de Europa. Los grandes nombres, Fangio, Gálvez, Marimón... todos en Paraná y entre ellos aquel personaje irresistiblemente querible, famoso por sus aventuras, por su vocación de calavera y ahora porque seguramente le iba a pegar una paliza a los copetudos que llegaban de afuera.
Más por cortesía que por méritos, las estrellas obtuvieron los puestos de preferencia en la grilla de largada, relegando al tío a una de las últimas posiciones. Pero eso no era problema, porque conocía como nadie aquellas calles empedradas y sabía de memoria todos los trucos para ganar la mayor cantidad segundos posibles en cada una de las curvas. Y los dados -una vez más- le mostraron su cara amable. En la tercera vuelta Fangio comenzó a retrasarse. Varios autos no resistieron el irregular circuito y fueron abandonando. Pero sobre todo, se notaba que el equipo del tío Sofiatto había hecho un buen trabajo y la máquina respondía bien. Vuelta tras vuelta fue ganando posiciones y se mezcló con los punteros. La multitud deliraba y rugía al paso del coche pintado totalmente de negro (la pintura la había ganado mintiendo una falta de envido con 25). Cuando restaban cuatro vueltas estaba primero y el escolta no aparecía en el espejo retrovisor. Se le daba, estaba entrando en el gran mundo del automovilismo. Sólo tenía que mantener la diferencia y cuidar el auto. En algunos minutos más simplemente debería elegir la oferta que más le conviniera. Después, Buenos Aires, los grandes premios del turismo carretera y -por qué no- Europa: Montecarlo, Le Mans...
No sabe de donde salió. No lo vio sino cuando ya lo tenía a pocos metros del paragolpes y en un acto reflejo pegó el volantazo, yendo a incrustarse en un añoso árbol ubicado a la vera de la calle Marcelo T. de Alvear. El perro no sufrió ningún daño, el tío Sofiatto algunos magullones. A la carrera la ganó un irlandés de apellido impronunciable.
Al otro día, El Diario le dedicó siete líneas elogiando su habilidad y lamentando el accidente. El resto de la página fue consagrada al ganador y a reportajes a las grandes estrellas, que nuevamente se habían alejado hasta lo inalcanzable.
No volvió a correr, aunque no perdió su habitual aire seductor. Siguió encarando negocios disparatados y gastando mazos de naipes hasta la madrugada. No volvió a hablar del gran premio que se le escapó por un cuzco que se interpuso entre él y la gloria. Pero cada vez que un perro vagabundo acertaba a cruzarse en su camino, se ponía serio y murmuraba: "perros de mierda..."
Madrugada del 20 de febrero de 1999
Y como le correspondía a un bon vivant de su época, al tío Sofiatto le apasionaba el automovilismo. Aquellas frágiles máquinas que se desplazaban a más de doscientos kilómetros por hora lo desvelaban y hablaba de ellas todo el tiempo. Consumía todo lo que estaba relacionado con ellas: libros, revistas, diarios, noticieros del cine y programas informativos de radio.
Sus ahorros dejaron de ir a la mesa de juego -donde en reconentradas noches de poker y dados perdió y ganó siempre con el mismo gesto caballeresco y cortés- para solventar la construcción de un pequeño taller adjunto a la estación de servicio de su propiedad (en pleno centro de Paraná, una mina de oro), en el que preparó un auto con el que comenzó a competir en las carreras zonales.
Y en verdad era bueno. Se impuso en algunos campeonatos y comenzó a ganarse un nombre en la provincia, que en pocos años le comenzó a quedar chica, aunque en realidad, el dinero no le alcanzaba para pegar el salto al gran automovilismo nacional.
Pero una vez más la suerte estuvo de su lado. Y esta vez no fue en el verde paño de los naipes, sino en el roble de los escritorios gubernamentales.
Sucede que el gobierno de Entre Ríos soñaba, como el tío Sofiatto, ganar las primeras planas nacionales, y encaró la organización de una gran competencia automovilística, convocando a lo más granado del deporte motor de Argentina y del extranjero. Cuando leyó la noticia en El Diario, el tío sintió que se iba a largar a llorar. En ese momento decidió que iba a participar de esa carrera, y nadie se lo iba a impedir.
Según recuerda mi tío Mario, que por aquel entonces habrá tenido siete u ocho años, Sofiatto convocó a dos o tres mecánicos que hacían algunas changas en su estación de servicio y por cinco o seis meses se aisló del mundo. Dejó el negocio en manos de mi abuelo (que a pesar de tener una personalidad totalmente opuesta no podía negarse a un pedido suyo. En realidad nadie podía) y se encerró en el taller a dar forma a su sueño. Con poco dinero (apenas lo justo), empeñando algunas pertenencias, apelando a su irresistible simpatía y a muchos contactos ganados en numerosas y largas tertulias de timba y bohemia, fue consiguiendo los elementos necesarios para construir un coche que le permitiera estar en la línea de largada. Cuando empezó no le importaba llegar a la meta cuando ya no quedara nadie, pero a medida que el coche tomaba forma, su imaginación lo iba poniendo cada vez más adelante en la clasificación.
Y así fue que, cuando realizó las primeras pruebas en el circuito del Parque Urquiza, donde se iba a llevar a cabo la competencia, se dio cuenta que en realidad los tiempos no eran tan malos, y que podría abrigar alguna esperanza de dar pelea.
Y llegó el gran día. Un domingo de julio, con un sol casi primaveral y con una multitud dirigiéndose al balneario del Club Rowing -platea preferencial para ver la largada- o aprovechando la inigualable tribuna natural brindada por las barrancas del parque. Era un día histórico. El crédito local, el tío Sofiatto, se vería las caras con lo mejor del automovilismo argentino y de distintos puntos de Europa. Los grandes nombres, Fangio, Gálvez, Marimón... todos en Paraná y entre ellos aquel personaje irresistiblemente querible, famoso por sus aventuras, por su vocación de calavera y ahora porque seguramente le iba a pegar una paliza a los copetudos que llegaban de afuera.
Más por cortesía que por méritos, las estrellas obtuvieron los puestos de preferencia en la grilla de largada, relegando al tío a una de las últimas posiciones. Pero eso no era problema, porque conocía como nadie aquellas calles empedradas y sabía de memoria todos los trucos para ganar la mayor cantidad segundos posibles en cada una de las curvas. Y los dados -una vez más- le mostraron su cara amable. En la tercera vuelta Fangio comenzó a retrasarse. Varios autos no resistieron el irregular circuito y fueron abandonando. Pero sobre todo, se notaba que el equipo del tío Sofiatto había hecho un buen trabajo y la máquina respondía bien. Vuelta tras vuelta fue ganando posiciones y se mezcló con los punteros. La multitud deliraba y rugía al paso del coche pintado totalmente de negro (la pintura la había ganado mintiendo una falta de envido con 25). Cuando restaban cuatro vueltas estaba primero y el escolta no aparecía en el espejo retrovisor. Se le daba, estaba entrando en el gran mundo del automovilismo. Sólo tenía que mantener la diferencia y cuidar el auto. En algunos minutos más simplemente debería elegir la oferta que más le conviniera. Después, Buenos Aires, los grandes premios del turismo carretera y -por qué no- Europa: Montecarlo, Le Mans...
No sabe de donde salió. No lo vio sino cuando ya lo tenía a pocos metros del paragolpes y en un acto reflejo pegó el volantazo, yendo a incrustarse en un añoso árbol ubicado a la vera de la calle Marcelo T. de Alvear. El perro no sufrió ningún daño, el tío Sofiatto algunos magullones. A la carrera la ganó un irlandés de apellido impronunciable.
Al otro día, El Diario le dedicó siete líneas elogiando su habilidad y lamentando el accidente. El resto de la página fue consagrada al ganador y a reportajes a las grandes estrellas, que nuevamente se habían alejado hasta lo inalcanzable.
No volvió a correr, aunque no perdió su habitual aire seductor. Siguió encarando negocios disparatados y gastando mazos de naipes hasta la madrugada. No volvió a hablar del gran premio que se le escapó por un cuzco que se interpuso entre él y la gloria. Pero cada vez que un perro vagabundo acertaba a cruzarse en su camino, se ponía serio y murmuraba: "perros de mierda..."
Madrugada del 20 de febrero de 1999
d’abril 04, 2009
Un sector del universo
Resultaría particularmente complicado relatar la vida de Natalio Contemponi. Ni siquiera apelando a su diario personal se podría facilitar la tarea del lector con respecto a las peculiaridades que encierra el paso de este hombre por el mundo.
¿Qué hizo Natalio Contemponi? ¿Cuál fue su aporte a la nación o al bienestar de la sociedad? ¿Se trata de un estadista injustamente olvidado por la historia? ¿O habrá sido un científico que pasó toda su vida en la oscuridad por vaya a saber que turbios intereses económicos de algunos laboratorios líderes?
Tranquilícese, estimado amigo. Aquí no encontrará grandilocuentes denuncias por corrupciones que desterraron en el ostracismo a una persona valiosa.
Natalio Contemponi, a lo largo de más de siete (tal vez ocho) décadas de existencia no hizo absolutamente nada. O más bien, no pudo hacer nada, aunque lo hubiera querido. Ahora que ha nacido, puedo divulgar el momento en que tomé contacto con su particular sin afectarlo. Porque él nunca podrá leer esta monografía.
Simplemente voy a referir que recibí su diario a mediados de 1998. Era invierno y recuerdo que se estaba jugando el Mundial de fútbol de Francia. Yo estaba en el bar Castelar, alargando un carajillo aburriéndome con un Francia - Sudáfrica que invitaba a salir a caminar por el gris de la tarde. Estaba por llamar al mozo cuando un pibe que comúnmente vendía estampitas se acercó a mi mesa, dejó una especie de libro o agenda muy desgastado en mi mesa y me dijo que un señor en la vereda de enfrente me mandaba eso. Miré por la ventana y un tipo de piloto y anteojos oscuros; morocho y con una incipiente calvicie; de un metro ochenta aproximadamente, me sonreía y mostraba su pulgar levantado, subía a un taxi y desaparecía para siempre.
El rostro, a pesar de los anteojos (o tal vez por ello) me parecía conocido, tal vez de la época de Policiales en el diario Los Principios. cuando vino el mozo cambié de opinión y pedí otro carajillo mientras comenzaba a hojear lo que rápidamente descubrí que era el diario personal de un sujeto llamado Natalio Contemponi. En la primera página, además de su nombre, figuraba una breve explicación, redactada con fatigosa caligrafía, de los motivos que lo motivaron a llevar ese diario. Esas pocas palabras abrían la puerta a una vida que se adivinaba fascinante.
“Debo tener alrededor de 20 años. No estoy seguro porque no conozco mi fecha de nacimiento, ni a mis padres, ni a ningún pariente. Mi vida -o forma de vivir- tiene una particularidad que ni yo mismo entiendo, pero tal vez alguien -en un sector del universo- la pueda explicar alguna vez: el tiempo para mí transcurre al revés. ¿Cómo explicarlo? No es que, por ejemplo, empiezo a escribir esto a una hora determinada y termino una hora antes. Es la sucesión de días la que avanza en sentido inverso (o sea, retrocede). Es decir, hoy es 23 de octubre de 1975. Para todo el mundo, mañana será 24 de octubre, pero para mí será 22. No he podido descubrir en qué momento se produce el cambio, pero ocurre, aún cuando…”
A partir de allí, el texto de esa página había sufrido los efectos de algo que podría ser café con leche o un tipo indefinido de sopa.
Terminé el segundo carajillo y pedí un whisky. La cosa se ponía muy interesante. En la página siguiente, Contemponi explicaba que había aprendido a leer y escribir en forma autodidacta y con muchísima dificultad, ya que por su curioso problema no pudo asistir nunca a una escuela. No mencionaba cuándo ni por qué había adoptado su nombre, o quién se lo había dado.
La sucesión de páginas iba demostrando que el interés inicial del sujeto por encontrar el motivo y, tal vez, una cura del problema, iba decreciendo. Es más, con el correr de los meses las anotaciones dejaron de ser diarias y perdieron todo tipo de periodicidad. Del 15 de enero de 1974 pasaba al 23 de septiembre del 73 y de allí saltaba al 3 de marzo de ese año. De todos modos, el interés por hallar algo, un signo, un dato, un comentario que brindara alguna respuesta me mantuvo firme en la lectura. A cada decepción seguiía una renovada curiosidad por el futuro (o sea, el pasado).
Se había hecho de noche y pedí un lomito y una cerveza. Mientras comía continué investigando el documento. Algunas gotas de mayonesa se fueron a unir a lo que indudablemente era una mancha de te en el 30 de junio de 1971.
Pedí otra cerveza y continué avanzando (es decir, retrocediendo) en el tiempo. La revelación se hacía desear, pero yo estaba seguro que finalmente la encontraría.
Al llegar a los últimos días del mes de mayo del 69 me decepcionó no encontrar ninguna mención al Cordobazo. Recién el 15 de ese mes pude leer: “los otros días hubo mucho quilombo”, sin ninguna otra referencia a la revuelta popular que conmocionó a nuestra ciudad y a toda la Argentina.
Luego del segundo cognac (de ese malo que vendían en el Castelar), me costaba un poco concentrarme en la lectura, pero mi curiosidad seguía mandando.
En el 55 no había ninguna mención al derrocamiento de Perón, en el 45 no habló nunca del final de la Segunda Guerra Mundial. En las pocas notas de esos años no nombró a Perón ni Evita. A la tercera ginebra yo ya lo insultaba en voz alta, provocando la curiosidad de los pocos parroquianos que había a esa hora de la madrugada.
Indignado, llegué al 9 de noviembre de 1918, fecha de la última nota, que simplemente decía: “Me siento mal”.
¡Pelotudo! grité totalmente borracho, mientras arrojaba el diario, que en su tránsito hacia la vereda volteó la jarra de vino tinto a la que apenas le quedaba un resto.
El mozo, por lo general comprensivo con lo beodos, me ordenó de mala manera que le pagara y que me fuera. “Treinta y ocho pesos” dijo con una expresión pendenciera. Le di cuarenta y no esperé el vuelto. Con evidente dificultad para caminar salí del bar. Vi el cuadernillo en el cordón y lo pateé hasta un charco de la cuneta, justo a tiempo para que un colectivo lo pisara y -al mismo tiempo- me salpicara con agua podrida.
“¡Andá a la puta madre que te reparió, Contemponi!”, grité mientras me subía el cuello de la campera, tropezaba con una bolsa de basura, me golpeaba el hombro con un poste de luz al que me abracé para terminar vomitando sobre el parabrisas de un patrullero.
Publicado en Revista Perogrullo Nº 5 (mayo/junio 2003) - Valencia - España
¿Qué hizo Natalio Contemponi? ¿Cuál fue su aporte a la nación o al bienestar de la sociedad? ¿Se trata de un estadista injustamente olvidado por la historia? ¿O habrá sido un científico que pasó toda su vida en la oscuridad por vaya a saber que turbios intereses económicos de algunos laboratorios líderes?
Tranquilícese, estimado amigo. Aquí no encontrará grandilocuentes denuncias por corrupciones que desterraron en el ostracismo a una persona valiosa.
Natalio Contemponi, a lo largo de más de siete (tal vez ocho) décadas de existencia no hizo absolutamente nada. O más bien, no pudo hacer nada, aunque lo hubiera querido. Ahora que ha nacido, puedo divulgar el momento en que tomé contacto con su particular sin afectarlo. Porque él nunca podrá leer esta monografía.
Simplemente voy a referir que recibí su diario a mediados de 1998. Era invierno y recuerdo que se estaba jugando el Mundial de fútbol de Francia. Yo estaba en el bar Castelar, alargando un carajillo aburriéndome con un Francia - Sudáfrica que invitaba a salir a caminar por el gris de la tarde. Estaba por llamar al mozo cuando un pibe que comúnmente vendía estampitas se acercó a mi mesa, dejó una especie de libro o agenda muy desgastado en mi mesa y me dijo que un señor en la vereda de enfrente me mandaba eso. Miré por la ventana y un tipo de piloto y anteojos oscuros; morocho y con una incipiente calvicie; de un metro ochenta aproximadamente, me sonreía y mostraba su pulgar levantado, subía a un taxi y desaparecía para siempre.
El rostro, a pesar de los anteojos (o tal vez por ello) me parecía conocido, tal vez de la época de Policiales en el diario Los Principios. cuando vino el mozo cambié de opinión y pedí otro carajillo mientras comenzaba a hojear lo que rápidamente descubrí que era el diario personal de un sujeto llamado Natalio Contemponi. En la primera página, además de su nombre, figuraba una breve explicación, redactada con fatigosa caligrafía, de los motivos que lo motivaron a llevar ese diario. Esas pocas palabras abrían la puerta a una vida que se adivinaba fascinante.
“Debo tener alrededor de 20 años. No estoy seguro porque no conozco mi fecha de nacimiento, ni a mis padres, ni a ningún pariente. Mi vida -o forma de vivir- tiene una particularidad que ni yo mismo entiendo, pero tal vez alguien -en un sector del universo- la pueda explicar alguna vez: el tiempo para mí transcurre al revés. ¿Cómo explicarlo? No es que, por ejemplo, empiezo a escribir esto a una hora determinada y termino una hora antes. Es la sucesión de días la que avanza en sentido inverso (o sea, retrocede). Es decir, hoy es 23 de octubre de 1975. Para todo el mundo, mañana será 24 de octubre, pero para mí será 22. No he podido descubrir en qué momento se produce el cambio, pero ocurre, aún cuando…”
A partir de allí, el texto de esa página había sufrido los efectos de algo que podría ser café con leche o un tipo indefinido de sopa.
Terminé el segundo carajillo y pedí un whisky. La cosa se ponía muy interesante. En la página siguiente, Contemponi explicaba que había aprendido a leer y escribir en forma autodidacta y con muchísima dificultad, ya que por su curioso problema no pudo asistir nunca a una escuela. No mencionaba cuándo ni por qué había adoptado su nombre, o quién se lo había dado.
La sucesión de páginas iba demostrando que el interés inicial del sujeto por encontrar el motivo y, tal vez, una cura del problema, iba decreciendo. Es más, con el correr de los meses las anotaciones dejaron de ser diarias y perdieron todo tipo de periodicidad. Del 15 de enero de 1974 pasaba al 23 de septiembre del 73 y de allí saltaba al 3 de marzo de ese año. De todos modos, el interés por hallar algo, un signo, un dato, un comentario que brindara alguna respuesta me mantuvo firme en la lectura. A cada decepción seguiía una renovada curiosidad por el futuro (o sea, el pasado).
Se había hecho de noche y pedí un lomito y una cerveza. Mientras comía continué investigando el documento. Algunas gotas de mayonesa se fueron a unir a lo que indudablemente era una mancha de te en el 30 de junio de 1971.
Pedí otra cerveza y continué avanzando (es decir, retrocediendo) en el tiempo. La revelación se hacía desear, pero yo estaba seguro que finalmente la encontraría.
Al llegar a los últimos días del mes de mayo del 69 me decepcionó no encontrar ninguna mención al Cordobazo. Recién el 15 de ese mes pude leer: “los otros días hubo mucho quilombo”, sin ninguna otra referencia a la revuelta popular que conmocionó a nuestra ciudad y a toda la Argentina.
Luego del segundo cognac (de ese malo que vendían en el Castelar), me costaba un poco concentrarme en la lectura, pero mi curiosidad seguía mandando.
En el 55 no había ninguna mención al derrocamiento de Perón, en el 45 no habló nunca del final de la Segunda Guerra Mundial. En las pocas notas de esos años no nombró a Perón ni Evita. A la tercera ginebra yo ya lo insultaba en voz alta, provocando la curiosidad de los pocos parroquianos que había a esa hora de la madrugada.
Indignado, llegué al 9 de noviembre de 1918, fecha de la última nota, que simplemente decía: “Me siento mal”.
¡Pelotudo! grité totalmente borracho, mientras arrojaba el diario, que en su tránsito hacia la vereda volteó la jarra de vino tinto a la que apenas le quedaba un resto.
El mozo, por lo general comprensivo con lo beodos, me ordenó de mala manera que le pagara y que me fuera. “Treinta y ocho pesos” dijo con una expresión pendenciera. Le di cuarenta y no esperé el vuelto. Con evidente dificultad para caminar salí del bar. Vi el cuadernillo en el cordón y lo pateé hasta un charco de la cuneta, justo a tiempo para que un colectivo lo pisara y -al mismo tiempo- me salpicara con agua podrida.
“¡Andá a la puta madre que te reparió, Contemponi!”, grité mientras me subía el cuello de la campera, tropezaba con una bolsa de basura, me golpeaba el hombro con un poste de luz al que me abracé para terminar vomitando sobre el parabrisas de un patrullero.
Publicado en Revista Perogrullo Nº 5 (mayo/junio 2003) - Valencia - España
de març 20, 2009
El Diluvio (o de cómo Dios reconoce su error)
- Mirá, lo estuve pensando todo este tiempo. Al principio creía que era cuestión de que las cosas se fueran acomodando. No es fácil arrancar de cero, vos sabés, siempre hay cuestiones que corregir. Pero fueron pasando los años y me parece que algunas cosas no mejoran…
- Yo los otros días estaba pensando que…
- Se perfectamente lo que estabas pensando, no te creas. Y si bien me rompen un poco las bolas algunas de tus ideas -confieso que más de una vez tuve ganas de hacerte cagar- en algunas cosas tenés razón.
- Creo que en su momento, vos…
- Si, si, ya sé. Me apuré. Pero ¿qué querés? Desde siempre que me vienen diciendo que yo puedo, que nada es imposible para mí…
- ¿Quién te decía eso? Si antes de…
- ¡Eso no importa! Lo que te estoy diciendo es que las cosas no están saliendo como las esperaba. Está todo para atrás, hay que meter mano. Es como en el fútbol, si te golean hay que cambiar, porque si no te vas al descenso.
- Hablando de fútbol…
- No, de ninguna manera. No va a ascender, si tiene once matungos, que querés, ¿Qué haga milagros? Pero no me cambiés de tema. Te decía que siete días no es suficiente para montar un negocio como este, hay muchos detalles que se te escapan. Además tené en cuenta que estaba solo, que no tenía nada. ¡Yo arranqué de abajo, loco!
- Pero también tené en cuenta que…
- …estuve un poco soberbio, es cierto. Pero es que te dan manija, vienen y te meten los cargadores, que sos perfecto, que lo podés hacer todo, que no tenés límites… Al final uno se la termina creyendo un poco
- Sigo sin entender quien…
- ¿Vos no lees la Biblia? Anotá: omnipotente, omnipresente, infinito, alfa y omega… En el futuro van a decir que son los amigos del campeón, que te soban el lomo mientras les convenga. Yo ya lo sabía, pero uno es humano…
- Bueno, humano…
- ¡Es una forma de decir, gilún!
- Bueno, no te calentés que vas a romper algo. Ya que hablaste de campeón…
- ¿Sos sordo vos? No hay forma que salgan campeones. Si quieren dar la vuelta vayan a una calesita. Lo que estoy queriendo decirte es que hay que replantear las cosas.
-¿Qué querés decir con eso?
- Que me parece que hay que relanzar la gestión. Creo que estamos a tiempo. Reseteamos y volvemos al principio. Va a ser jodido, pero creo que no hay otra salida.
- Tu forma de hablar me está empezando a asustar.
- Tranqui, que tengo todo planeado.
- Uhhh! La otra vez también…
- ¡Y dale con eso! ¿Hasta cuando me lo vas a facturar? ¡Por eso creo que hay que arrancar de nuevo! Yo me hago cargo.
- ¿Y qué pensás hacer?
- Lluvia, loco. El agua limpiará las heridas. Mando lluvia a lo pavote y que se ahoguen todos. ¡Y a la mierda!
- No te estás yendo un poco al carajo. Digo, a lo mejor con…
- Negativo. Ya lo pensé, pero no alcanza. Esto está lleno de boludos que no aprenden más.
- A tu imagen y semejanza, ja ja ja!!!
- No me agarrés para la joda que te mando un ángel exterminador y te hago boleta.. El tema es así: no tengo ganas de ponerme a jugar con barro otra vez. Aparte perdí la práctica y tengo miedo que me salga algo peor. Por eso, estaba pensando en encargarle a alguien que construyera un barquito, suba unos cuantos animales y zafe del temporal. Y cuando pase la lluvia, se encarguen de volver a poblar el planeta. ¿No es genial mi idea?
- Si te digo lo que estoy pensando te vas a calentar.
- Ya se lo que estás pensando, otario. Debe ser cierto aquello de mi inmensa bondad, porque cualquier otro ya te hubiera fajado de lo lindo.
- ¿Y se puede saber a quién le vas a encargar el laburo?
- Estaba pensando en Omar, el pastor de cabras.
- ¡Pero ese es un boludo! ¡No sabe hacer la “o” con el culo de un vaso!
- Justamente por eso, estoy seguro que me va a resultar muy fácil convencerlo.
- Pero… eso significa que yo… Mirá, nunca pretendí acomodarme a pesar de que todos los días hablo con vos y por eso más de uno piensa que estoy loco… O sea, no le deseo el mal a nadie, pero vos sabés; yo te banqué desde el principio…
- Ja, ja, jaaaaa!!! Sabía que ibas a saltar. Hablando en serio, quiero que hagas un barco y que metas una pareja de cada especie animal…
- Pero voy a tener que hacer un trasatlántico para meter todos esos bichos…
- No es para tanto, la verdad es que quiero que pongas algunos de los más importantes, los que mejor se vean en las estampitas, porque si no, no terminamos más.
- Además, por acá tampoco hay mucho para elegir: algunas cabras, corderos, perros flacos…
- ¡No! Quiero algo con más glamour, un par de jirafas, elefantes, leones…
- ¿Y de dónde saco todo eso? ¿Sabés lo que falta para que se inaugure un zoológico en esta región?
- Tranqui, que yo me ocupo de eso. Vos ponete a buscar la madera necesaria para la embarcación.
- ¿Peces pongo?
- ¿Me estás jodiendo?
- Si.
- Bueno, entonces por gracioso, agregá mosquitos y cucarachas.
- Mirá que sos cabrón.
- ¡El tonito! Ah, y también conseguite una mina, porque me parece que vos…
- ¡Epa, epa! Que a mí las minas no me dan bola porque les hablo de vos y creen que soy un degenerado.
- Lo que sea, ponete a laburar que en un par de días se va a empezar a nublar…
- Che, Dios… ¿vos creés que esto va a funcionar?
- Y… mirá Noé, la verdad es que no tengo ni puñetera idea, pero algo hay que hacer, porque me parece que se va todo al carajo.
- Bueh… me pongo a laburar, porque tengo que conseguir mucha madera…
- Je! Qué linda frase esa.
- Yo los otros días estaba pensando que…
- Se perfectamente lo que estabas pensando, no te creas. Y si bien me rompen un poco las bolas algunas de tus ideas -confieso que más de una vez tuve ganas de hacerte cagar- en algunas cosas tenés razón.
- Creo que en su momento, vos…
- Si, si, ya sé. Me apuré. Pero ¿qué querés? Desde siempre que me vienen diciendo que yo puedo, que nada es imposible para mí…
- ¿Quién te decía eso? Si antes de…
- ¡Eso no importa! Lo que te estoy diciendo es que las cosas no están saliendo como las esperaba. Está todo para atrás, hay que meter mano. Es como en el fútbol, si te golean hay que cambiar, porque si no te vas al descenso.
- Hablando de fútbol…
- No, de ninguna manera. No va a ascender, si tiene once matungos, que querés, ¿Qué haga milagros? Pero no me cambiés de tema. Te decía que siete días no es suficiente para montar un negocio como este, hay muchos detalles que se te escapan. Además tené en cuenta que estaba solo, que no tenía nada. ¡Yo arranqué de abajo, loco!
- Pero también tené en cuenta que…
- …estuve un poco soberbio, es cierto. Pero es que te dan manija, vienen y te meten los cargadores, que sos perfecto, que lo podés hacer todo, que no tenés límites… Al final uno se la termina creyendo un poco
- Sigo sin entender quien…
- ¿Vos no lees la Biblia? Anotá: omnipotente, omnipresente, infinito, alfa y omega… En el futuro van a decir que son los amigos del campeón, que te soban el lomo mientras les convenga. Yo ya lo sabía, pero uno es humano…
- Bueno, humano…
- ¡Es una forma de decir, gilún!
- Bueno, no te calentés que vas a romper algo. Ya que hablaste de campeón…
- ¿Sos sordo vos? No hay forma que salgan campeones. Si quieren dar la vuelta vayan a una calesita. Lo que estoy queriendo decirte es que hay que replantear las cosas.
-¿Qué querés decir con eso?
- Que me parece que hay que relanzar la gestión. Creo que estamos a tiempo. Reseteamos y volvemos al principio. Va a ser jodido, pero creo que no hay otra salida.
- Tu forma de hablar me está empezando a asustar.
- Tranqui, que tengo todo planeado.
- Uhhh! La otra vez también…
- ¡Y dale con eso! ¿Hasta cuando me lo vas a facturar? ¡Por eso creo que hay que arrancar de nuevo! Yo me hago cargo.
- ¿Y qué pensás hacer?
- Lluvia, loco. El agua limpiará las heridas. Mando lluvia a lo pavote y que se ahoguen todos. ¡Y a la mierda!
- No te estás yendo un poco al carajo. Digo, a lo mejor con…
- Negativo. Ya lo pensé, pero no alcanza. Esto está lleno de boludos que no aprenden más.
- A tu imagen y semejanza, ja ja ja!!!
- No me agarrés para la joda que te mando un ángel exterminador y te hago boleta.. El tema es así: no tengo ganas de ponerme a jugar con barro otra vez. Aparte perdí la práctica y tengo miedo que me salga algo peor. Por eso, estaba pensando en encargarle a alguien que construyera un barquito, suba unos cuantos animales y zafe del temporal. Y cuando pase la lluvia, se encarguen de volver a poblar el planeta. ¿No es genial mi idea?
- Si te digo lo que estoy pensando te vas a calentar.
- Ya se lo que estás pensando, otario. Debe ser cierto aquello de mi inmensa bondad, porque cualquier otro ya te hubiera fajado de lo lindo.
- ¿Y se puede saber a quién le vas a encargar el laburo?
- Estaba pensando en Omar, el pastor de cabras.
- ¡Pero ese es un boludo! ¡No sabe hacer la “o” con el culo de un vaso!
- Justamente por eso, estoy seguro que me va a resultar muy fácil convencerlo.
- Pero… eso significa que yo… Mirá, nunca pretendí acomodarme a pesar de que todos los días hablo con vos y por eso más de uno piensa que estoy loco… O sea, no le deseo el mal a nadie, pero vos sabés; yo te banqué desde el principio…
- Ja, ja, jaaaaa!!! Sabía que ibas a saltar. Hablando en serio, quiero que hagas un barco y que metas una pareja de cada especie animal…
- Pero voy a tener que hacer un trasatlántico para meter todos esos bichos…
- No es para tanto, la verdad es que quiero que pongas algunos de los más importantes, los que mejor se vean en las estampitas, porque si no, no terminamos más.
- Además, por acá tampoco hay mucho para elegir: algunas cabras, corderos, perros flacos…
- ¡No! Quiero algo con más glamour, un par de jirafas, elefantes, leones…
- ¿Y de dónde saco todo eso? ¿Sabés lo que falta para que se inaugure un zoológico en esta región?
- Tranqui, que yo me ocupo de eso. Vos ponete a buscar la madera necesaria para la embarcación.
- ¿Peces pongo?
- ¿Me estás jodiendo?
- Si.
- Bueno, entonces por gracioso, agregá mosquitos y cucarachas.
- Mirá que sos cabrón.
- ¡El tonito! Ah, y también conseguite una mina, porque me parece que vos…
- ¡Epa, epa! Que a mí las minas no me dan bola porque les hablo de vos y creen que soy un degenerado.
- Lo que sea, ponete a laburar que en un par de días se va a empezar a nublar…
- Che, Dios… ¿vos creés que esto va a funcionar?
- Y… mirá Noé, la verdad es que no tengo ni puñetera idea, pero algo hay que hacer, porque me parece que se va todo al carajo.
- Bueh… me pongo a laburar, porque tengo que conseguir mucha madera…
- Je! Qué linda frase esa.
de juliol 26, 2008
El abrupto final de una promisoria carrera literaria
Cuando la insoportable voz del locutor se acalló comenzó a ver todo con gran claridad. Como en aquella película que había visto hacía algunas semanas por la tele. Esa con Federico Luppi o José Sacristán, no estaba muy seguro porque se había quedado dormido a los pocos minutos, pero había logrado captar la esencia del asunto.
No iba a ir a laburar nunca más.
Se iba a quedar en la cama. No hacía falta más.
Existían miles de cosas lucrativas que se podían hacer en estado horizontal.
Podría escribir cuentos o fábulas, como ese uruguayo… Benedetti o Corcuera (aunque no estaba muy seguro, le parecía que en realidad Corcuera era un músico brasilero, pero al fin y al cabo no era lo importante). Una vez vio un documental en la tele que ese uruguayo (¿chileno?) vivía en la cama y escribía muy bien, habiendo ganado varias veces el premio Nobel… o el Pullitzer. No lograba recordar muy bien porque se había quedado dormido.
Definitivamente así debían ser las cosas. Comenzó a realizar -mentalmente- la lista de cosas que debería tener en la periferia de su cama. Cuadernos, bolígrafos, lapiceras fuente, lápices, resaltadotes, whisky… Sí, una vez vio una película sobre un escritor norteamericano (o canadiense) que se había suicidado en Puerto Rico (¿o fue un accidente en Cuba?) que tomaba varias botellas de whisky al día. ¿O era ginebra? El nombre era algo llamativo como Tennessee Williams o Indiana Jones. Dylan Thomas no. Ese era el cantante. El recuerdo era difuso porque esa tarde estaba muy cansado y se había despertado justo en la parte del whisky… o el ajenjo, algo así.
- ¡Gordi! ¡Bañate rápido que llegás tarde a la oficina!
El grito destemplado de su esposa interrumpió su meditación. Después no logró retomar el hilo de sus pensamientos. Es más, nunca pudo recordar qué estaba pensando. Sería mejor que se apurara. Esa mañana había reunión de directorio. ¿O era a la tarde?
No iba a ir a laburar nunca más.
Se iba a quedar en la cama. No hacía falta más.
Existían miles de cosas lucrativas que se podían hacer en estado horizontal.
Podría escribir cuentos o fábulas, como ese uruguayo… Benedetti o Corcuera (aunque no estaba muy seguro, le parecía que en realidad Corcuera era un músico brasilero, pero al fin y al cabo no era lo importante). Una vez vio un documental en la tele que ese uruguayo (¿chileno?) vivía en la cama y escribía muy bien, habiendo ganado varias veces el premio Nobel… o el Pullitzer. No lograba recordar muy bien porque se había quedado dormido.
Definitivamente así debían ser las cosas. Comenzó a realizar -mentalmente- la lista de cosas que debería tener en la periferia de su cama. Cuadernos, bolígrafos, lapiceras fuente, lápices, resaltadotes, whisky… Sí, una vez vio una película sobre un escritor norteamericano (o canadiense) que se había suicidado en Puerto Rico (¿o fue un accidente en Cuba?) que tomaba varias botellas de whisky al día. ¿O era ginebra? El nombre era algo llamativo como Tennessee Williams o Indiana Jones. Dylan Thomas no. Ese era el cantante. El recuerdo era difuso porque esa tarde estaba muy cansado y se había despertado justo en la parte del whisky… o el ajenjo, algo así.
- ¡Gordi! ¡Bañate rápido que llegás tarde a la oficina!
El grito destemplado de su esposa interrumpió su meditación. Después no logró retomar el hilo de sus pensamientos. Es más, nunca pudo recordar qué estaba pensando. Sería mejor que se apurara. Esa mañana había reunión de directorio. ¿O era a la tarde?
de novembre 21, 2007
COLONIALISMO
Aunque leve, el ruido alcanzó para despertarme. El radio – reloj marcaba las 4.23 y a excepción de esa especie de murmullo, reinaba el más absoluto silencio, a pesar de que vivo en una calle céntrica, en dónde habitualmente el tránsito es intenso durante las 24 horas del día.
Un poco atontado por el sueño, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. La calle estaba absolutamente vacía. El kiosco de enfrente estaba abierto, como de costumbre, pero no se veía a ninguno de los dos muchachos que habitualmente cubren el turno de la noche. Tampoco pude ver al agente que hace adicionales en la cuadra, en la que funcionan sucursales de tres importantes bancos internacionales. La quietud era total, a punto que me hizo acordar a algunas imágenes que había visto hacía unas semanas, cuando leí en pocas horas el primer volumen de “El Eternauta”. “Sólo falta que empiecen a caer esos copos asesinos” murmuré, sin poder reprimir una sonrisa que siempre imaginé tonta, aunque nunca me había visto al espejo cuando me surgía. De todas maneras, en la calle no podía verse nada que se moviera y eso era a la vez hermoso y perturbador.
Un nuevo ruido, tan apagado como los anteriores, volvió a llamar mi atención, aunque estaba tan abstraído en mi observación que no alcancé a distinguir de dónde venía, aunque estaba claro que provenía de mi propio departamento. Me quedé expectante y finalmente se produjo otro sonido, como un rozar de telas por el viento.
Provenía del baño y, dispuesto a cerrar la ventana que había permitido que el viento me desvelara, me encaminé hacia allí. Cuando encendí la luz, se desplegó ante mis ojos un espectáculo tan asombroso como increíble. En la bañera, llena de agua hasta la mitad de su capacidad, un modelo a escala de un barco de guerra, de aproximadamente un metro de largo, escoraba peligrosamente hacia estribor, mientras que un denso humo negro salía de diversos ojos de buey, ventanucos y portezuelas. A su alrededor, una multitud de pequeños botes salvavidas se dirigían hacia el borde de la bañera, de donde cientos de milimétricos marineros saltaban al bidet, poniendo a resguardo sus vidas del naufragio. Parecía una película muda. Todo ese despliegue, esa escena que parecía desarrollada por especialistas en efectos especiales, ocurría en un silencio casi total, apenas un rumor lejano de maquinas moribundas y multitudes disciplinadas que dominan su pánico a favor del bien común.
Los ínfimos marinos, de poco más de un centímetro de alto, iban acomodándose en los bordes de los sanitarios, en donde armaban pequeños grupos que parecían comentar el suceso, sin preocuparse –aparentemente- por mi demudada presencia.
Antes de que el buque se hundiera en las profundidades de mi bañera, alcancé a ver, en la proa, el nombre de la nave: “Graf Spee”.
“Dios mío –pensé- la guerra llegó a mi baño”. No sabía que hacer. Ofrecerle ayuda a los tripulantes de la desdichada embarcación era una obligación humanitaria, pero a su vez, sabía que salvaría a muchos nazis, lo que seguramente me pondría en contra de la Ley Anti Discriminación. Y no era uno, eran cientos. Me acerqué al bidet enarbolando un calzoncillo blanco que estaba colgado del toallero, buscando entre los pequeños marinitos alguno que pareciera ostentar el rango más alto. Fue entonces cuando notaron mi presencia y se replegaron hacia el sector donde descansaba una esponja y un jabón totalmente seco (no uso mucho el bidet, debo confesar). Intenté contarlos, pero la poca luz, las lagañas, la sorpresa y el sueño me impidieron recordar qué número iba después del 23. Acerqué mi rostro y logré distinguir a uno que parecía almirante... o portero de hotel de cinco estrellas y le pregunté “¿du iu spic in inglish?”. El liliputense hombre de mar me respondió con un sonido similar al zumbido de un mosquito, aunque algo más grave.
La situación era totalmente complicada. No podía comunicarme con esos pequeños hombrecillos, tampoco podía ir a buscar ayuda, debido a la hora, y a que el hecho resultaría muy difícil de explicar e imposible de entender. Apoyado contra la puerta del baño, cerré los ojos y traté de pensar. Entonces entendí claramente el problema y pude vislumbrar la solución. Fui en busca de mi notebook, me conecté a Internet y con la ayuda de un diccionario on line español-alemán, redacté mi rendición incondicional. Desde entonces ellos están a cargo de mi departamento, que por primera vez luce ordenado y limpio. Oficialmente es la única colonia alemana en el mundo y a mí, el único nativo, me tratan de lo más bien. Y cada tanto me llega un cheque del Deustchebankenhildenösecuanten que ayuda al presupuesto, sobre todo porque los enanos gastan poco y casi no salen.
Un poco atontado por el sueño, lo primero que hice fue asomarme a la ventana. La calle estaba absolutamente vacía. El kiosco de enfrente estaba abierto, como de costumbre, pero no se veía a ninguno de los dos muchachos que habitualmente cubren el turno de la noche. Tampoco pude ver al agente que hace adicionales en la cuadra, en la que funcionan sucursales de tres importantes bancos internacionales. La quietud era total, a punto que me hizo acordar a algunas imágenes que había visto hacía unas semanas, cuando leí en pocas horas el primer volumen de “El Eternauta”. “Sólo falta que empiecen a caer esos copos asesinos” murmuré, sin poder reprimir una sonrisa que siempre imaginé tonta, aunque nunca me había visto al espejo cuando me surgía. De todas maneras, en la calle no podía verse nada que se moviera y eso era a la vez hermoso y perturbador.
Un nuevo ruido, tan apagado como los anteriores, volvió a llamar mi atención, aunque estaba tan abstraído en mi observación que no alcancé a distinguir de dónde venía, aunque estaba claro que provenía de mi propio departamento. Me quedé expectante y finalmente se produjo otro sonido, como un rozar de telas por el viento.
Provenía del baño y, dispuesto a cerrar la ventana que había permitido que el viento me desvelara, me encaminé hacia allí. Cuando encendí la luz, se desplegó ante mis ojos un espectáculo tan asombroso como increíble. En la bañera, llena de agua hasta la mitad de su capacidad, un modelo a escala de un barco de guerra, de aproximadamente un metro de largo, escoraba peligrosamente hacia estribor, mientras que un denso humo negro salía de diversos ojos de buey, ventanucos y portezuelas. A su alrededor, una multitud de pequeños botes salvavidas se dirigían hacia el borde de la bañera, de donde cientos de milimétricos marineros saltaban al bidet, poniendo a resguardo sus vidas del naufragio. Parecía una película muda. Todo ese despliegue, esa escena que parecía desarrollada por especialistas en efectos especiales, ocurría en un silencio casi total, apenas un rumor lejano de maquinas moribundas y multitudes disciplinadas que dominan su pánico a favor del bien común.
Los ínfimos marinos, de poco más de un centímetro de alto, iban acomodándose en los bordes de los sanitarios, en donde armaban pequeños grupos que parecían comentar el suceso, sin preocuparse –aparentemente- por mi demudada presencia.
Antes de que el buque se hundiera en las profundidades de mi bañera, alcancé a ver, en la proa, el nombre de la nave: “Graf Spee”.
“Dios mío –pensé- la guerra llegó a mi baño”. No sabía que hacer. Ofrecerle ayuda a los tripulantes de la desdichada embarcación era una obligación humanitaria, pero a su vez, sabía que salvaría a muchos nazis, lo que seguramente me pondría en contra de la Ley Anti Discriminación. Y no era uno, eran cientos. Me acerqué al bidet enarbolando un calzoncillo blanco que estaba colgado del toallero, buscando entre los pequeños marinitos alguno que pareciera ostentar el rango más alto. Fue entonces cuando notaron mi presencia y se replegaron hacia el sector donde descansaba una esponja y un jabón totalmente seco (no uso mucho el bidet, debo confesar). Intenté contarlos, pero la poca luz, las lagañas, la sorpresa y el sueño me impidieron recordar qué número iba después del 23. Acerqué mi rostro y logré distinguir a uno que parecía almirante... o portero de hotel de cinco estrellas y le pregunté “¿du iu spic in inglish?”. El liliputense hombre de mar me respondió con un sonido similar al zumbido de un mosquito, aunque algo más grave.
La situación era totalmente complicada. No podía comunicarme con esos pequeños hombrecillos, tampoco podía ir a buscar ayuda, debido a la hora, y a que el hecho resultaría muy difícil de explicar e imposible de entender. Apoyado contra la puerta del baño, cerré los ojos y traté de pensar. Entonces entendí claramente el problema y pude vislumbrar la solución. Fui en busca de mi notebook, me conecté a Internet y con la ayuda de un diccionario on line español-alemán, redacté mi rendición incondicional. Desde entonces ellos están a cargo de mi departamento, que por primera vez luce ordenado y limpio. Oficialmente es la única colonia alemana en el mundo y a mí, el único nativo, me tratan de lo más bien. Y cada tanto me llega un cheque del Deustchebankenhildenösecuanten que ayuda al presupuesto, sobre todo porque los enanos gastan poco y casi no salen.
d’octubre 20, 2007
CAMBIO DE PLANES
John miró la hora y decidió que ya era suficiente. Dejó los auriculares sobre la consola e hizo con sus dedos el típico gesto de "cortar" al bajista que se encontraba dentro del estudio. Dio al ingeniero algunas instrucciones sobre lo que debería hacerse la mañana siguiente, en la que él tenía que participar en una reunión de padres en la escuela de su hijo, por lo que recién aparecería por allí pasado el mediodía.
Estaba muy cansado pero de buen humor. El día había sido productivo porque había grabado las voces de dos temas y las bases de otros cinco. Los músicos de la banda estaban muy compenetrados con la idea de su nuevo disco y él seguía escribiendo canciones. Pero no todo puede ser perfecto. Cuando bajó al estacionamiento notó que su coche tenía una goma pinchada. Pero al contrario de lo que habría pasado en algún otro momento, no se fastidió, sino que lo tomó con cierta filosofía. No tenía muchas ganas de manejar, por lo que se entusiasmó con la posibilidad de tomarse un taxi y -de paso- dar una vuelta por la ciudad.
El coche de alquiler tomó por el Holland Tunnel para abandonar New Jersey, pero en lugar de doblar por la Décima Avenida, para llegar directamente a su hogar, siguió algunas cuadras más hasta llegar a la Park Avenue. Pocos metros antes de llegar a la Calle 57 Este decidió abandonar el medio de transporte. Abonó el viaje y siguió caminando en busca de un bar abierto. Eran las 11 y media de la noche y la tarea no era fácil. Finalmente, en la esquina de la 60 con la Quinta Avenida encontró un pub bastante bien puesto, del cual salía una música que lo atrajo. La barba de un par de días y el pelo corto, sumados a los lentes oscuros, le permitieron moverse con tranquilidad sin ser reconocido.
Pidió una cerveza y se sentó cerca del escenario donde una banda tocaba una melancólica versión de "Mind Games" que le llamó la atención y lo emocionó. Cuando el conjunto hizo una pausa, le hizo un comentario al pasar al guitarrista, que debió mirar dos veces para darse cuenta de quién se trataba. John, que por entonces iba por la cuarta cerveza, tenía ganas de conversar y lo invitó a sentarse. Charlaron durante unos 20 minutos hasta que el grupo debió volver a escena. Entonces John se prendió en una larga y divertida zapada. Los pocos parroquianos que quedaban demoraron bastante en darse cuenta de lo que sucedía y entender la suerte que tenían. Arriba del escenario, John se divertía como un amateur. Tocaba temas de Paul McCartney haciendo rimas guarangas y se daba el gusto de realizar larguísimos solos con la Telecaster que le habían prestado.
A las dos y media de la mañana el bar ya había cerrado, pero el dueño, dos empleadas, los integrantes del grupo -cuatro pibes originarios de Brooklin- y John seguían tomando cerveza, hablando a los gritos, riéndose a carcajadas e improvisando canciones con los instrumentos ya desenchufados.
Cerca de las cuatro, y bastante borracho, John decidió regresar a su casa. "Lo siento chicos, me estoy divirtiendo muchísimo, pero Yoko me va a putear", dijo mientras se dirigía a la puerta. Entre risas, agregó: “Ella me tiene cagando”. Llamó un taxi y le indicó la dirección. En ese mismo momento, en la madrugada del martes 9 de diciembre de 1980, un tipo que hacía varias horas que merodeaba el edificio Dakota insultaba por lo bajo y se internaba en el Central Park, perdiéndose en la oscuridad y el olvido. Diez minutos después, John Lennon entraba al edificio pensando en que iba a dormir hasta tarde y faltaría a la reunión de padres del colegio de su hijo.
Estaba muy cansado pero de buen humor. El día había sido productivo porque había grabado las voces de dos temas y las bases de otros cinco. Los músicos de la banda estaban muy compenetrados con la idea de su nuevo disco y él seguía escribiendo canciones. Pero no todo puede ser perfecto. Cuando bajó al estacionamiento notó que su coche tenía una goma pinchada. Pero al contrario de lo que habría pasado en algún otro momento, no se fastidió, sino que lo tomó con cierta filosofía. No tenía muchas ganas de manejar, por lo que se entusiasmó con la posibilidad de tomarse un taxi y -de paso- dar una vuelta por la ciudad.
El coche de alquiler tomó por el Holland Tunnel para abandonar New Jersey, pero en lugar de doblar por la Décima Avenida, para llegar directamente a su hogar, siguió algunas cuadras más hasta llegar a la Park Avenue. Pocos metros antes de llegar a la Calle 57 Este decidió abandonar el medio de transporte. Abonó el viaje y siguió caminando en busca de un bar abierto. Eran las 11 y media de la noche y la tarea no era fácil. Finalmente, en la esquina de la 60 con la Quinta Avenida encontró un pub bastante bien puesto, del cual salía una música que lo atrajo. La barba de un par de días y el pelo corto, sumados a los lentes oscuros, le permitieron moverse con tranquilidad sin ser reconocido.
Pidió una cerveza y se sentó cerca del escenario donde una banda tocaba una melancólica versión de "Mind Games" que le llamó la atención y lo emocionó. Cuando el conjunto hizo una pausa, le hizo un comentario al pasar al guitarrista, que debió mirar dos veces para darse cuenta de quién se trataba. John, que por entonces iba por la cuarta cerveza, tenía ganas de conversar y lo invitó a sentarse. Charlaron durante unos 20 minutos hasta que el grupo debió volver a escena. Entonces John se prendió en una larga y divertida zapada. Los pocos parroquianos que quedaban demoraron bastante en darse cuenta de lo que sucedía y entender la suerte que tenían. Arriba del escenario, John se divertía como un amateur. Tocaba temas de Paul McCartney haciendo rimas guarangas y se daba el gusto de realizar larguísimos solos con la Telecaster que le habían prestado.
A las dos y media de la mañana el bar ya había cerrado, pero el dueño, dos empleadas, los integrantes del grupo -cuatro pibes originarios de Brooklin- y John seguían tomando cerveza, hablando a los gritos, riéndose a carcajadas e improvisando canciones con los instrumentos ya desenchufados.
Cerca de las cuatro, y bastante borracho, John decidió regresar a su casa. "Lo siento chicos, me estoy divirtiendo muchísimo, pero Yoko me va a putear", dijo mientras se dirigía a la puerta. Entre risas, agregó: “Ella me tiene cagando”. Llamó un taxi y le indicó la dirección. En ese mismo momento, en la madrugada del martes 9 de diciembre de 1980, un tipo que hacía varias horas que merodeaba el edificio Dakota insultaba por lo bajo y se internaba en el Central Park, perdiéndose en la oscuridad y el olvido. Diez minutos después, John Lennon entraba al edificio pensando en que iba a dormir hasta tarde y faltaría a la reunión de padres del colegio de su hijo.
de setembre 24, 2007
EXTRACTO DEL DIARIO DE DIOS
Está oscuro. Ya ni me acuerdo el tiempo que hace que estoy así; parece una eternidad. La verdad que esta situación me aburre. Menos mal que no me muevo, porque si no me estaría llevando todo por delante. ¿Me podré mover? Hace mucho que no lo intento y la verdad es que ahora no tengo ganas de intentarlo. De todas maneras, ¿para qué me voy a mover si con la oscuridad que hay no sé adonde voy ni que hay para ver? Aparte, seguro que si me muevo me tropiezo con algo, porque con esta oscuridad...
Hay mucho tiempo para pensar, pero aburre un poco. Porque lo cierto es que no hay mucho en qué pensar.
Habría que hacer algo con esto. Tanto tiempo en tinieblas he pasado que ya no sé si existe otra cosa. La verdad es que a veces me dan ganas de gritar ¡qué se haga la luz! y... ¡mierda! ¿Qué es eso? Parece todo lo contrario a la oscuridad. Entonces debe ser la claridad. Esto significa que cuando yo dije “que se haga la luz”, ¡se hizo la luz! Entonces, si digo... no, mejor no digo nada por ahora.
Linda, la luz. Sería bueno preguntarle a alguien si ya la había visto antes. Pero ya ni me acuerdo hace cuanto que no veo a nadie por acá. Me resulta difícil describirla. Es como... rara, que se yo. El tema es que la única referencia que se me ocurre en este momento es la oscuridad, y me parece que es todo lo contrario. Aunque me parece que se pueden mezclar, porque a medida que pasa el tiempo es como que la claridad se va oscureciendo. Extraño, ¿no?
Bueh, volvimos al principio. La claridad se oscureció del todo, o sea que ahora esta oscuro de nuevo. Esto es realmente molesto. El mejor momento fue cuando la claridad estaba un poco amortiguada por la oscuridad, porque no encandilaba tanto.
Ha pasado un rato largo y –de a poco- volvió la claridad. Ahora que presto atención, no veo nada. Es decir, no hay nada. Acá hace falta algo que no se que es. No hay nada ni arriba ni abajo. Estaría bueno crear algo como un cielo y una tierra... ¡Epa!
Está bueno esto. Yo digo que necesito o quiero algo y ese algo aparece. Dije “cielo y tierra” y apareció esto, que deben ser el cielo y la tierra. A lo de arriba lo voy a llamar cielo y a lo de abajo tierra. El cielo resulta un poco raro, ya que no se puede tocar. Está hecho de la misma materia que la oscuridad y la claridad, pero de otro color Una era negra, la otra una cosa blancuzca – amarillenta y esta es celeste. La tierra es distinta. Se puede tocar, aunque mancha. Parece que estuviera hecha de distintas cosas, pero todas mezcladas. Ahora que lo pienso, ya ni me acuerdo hace cuanto que no tocaba nada. Era todo tan inmaterial que viene bien un poco de materialismo... linda palabra esta, me parece que el materialismo es bueno.
Lindo, esto de andar creando cosas. ¿Y esto? Si mezclo esta cosa mojada con esta otra cosa marrón oscuro, se forma otra cosa, que no es líquida ni sólida, pero se puede amasar y hacer un muñequito… (es un quilombo esto de estar inventando palabras constantemente)… mmmhhhh… me parece que el muñequito me salió como el culo… bueh, lo dejo así.
Hay mucho tiempo para pensar, pero aburre un poco. Porque lo cierto es que no hay mucho en qué pensar.
Habría que hacer algo con esto. Tanto tiempo en tinieblas he pasado que ya no sé si existe otra cosa. La verdad es que a veces me dan ganas de gritar ¡qué se haga la luz! y... ¡mierda! ¿Qué es eso? Parece todo lo contrario a la oscuridad. Entonces debe ser la claridad. Esto significa que cuando yo dije “que se haga la luz”, ¡se hizo la luz! Entonces, si digo... no, mejor no digo nada por ahora.
Linda, la luz. Sería bueno preguntarle a alguien si ya la había visto antes. Pero ya ni me acuerdo hace cuanto que no veo a nadie por acá. Me resulta difícil describirla. Es como... rara, que se yo. El tema es que la única referencia que se me ocurre en este momento es la oscuridad, y me parece que es todo lo contrario. Aunque me parece que se pueden mezclar, porque a medida que pasa el tiempo es como que la claridad se va oscureciendo. Extraño, ¿no?
Bueh, volvimos al principio. La claridad se oscureció del todo, o sea que ahora esta oscuro de nuevo. Esto es realmente molesto. El mejor momento fue cuando la claridad estaba un poco amortiguada por la oscuridad, porque no encandilaba tanto.
Ha pasado un rato largo y –de a poco- volvió la claridad. Ahora que presto atención, no veo nada. Es decir, no hay nada. Acá hace falta algo que no se que es. No hay nada ni arriba ni abajo. Estaría bueno crear algo como un cielo y una tierra... ¡Epa!
Está bueno esto. Yo digo que necesito o quiero algo y ese algo aparece. Dije “cielo y tierra” y apareció esto, que deben ser el cielo y la tierra. A lo de arriba lo voy a llamar cielo y a lo de abajo tierra. El cielo resulta un poco raro, ya que no se puede tocar. Está hecho de la misma materia que la oscuridad y la claridad, pero de otro color Una era negra, la otra una cosa blancuzca – amarillenta y esta es celeste. La tierra es distinta. Se puede tocar, aunque mancha. Parece que estuviera hecha de distintas cosas, pero todas mezcladas. Ahora que lo pienso, ya ni me acuerdo hace cuanto que no tocaba nada. Era todo tan inmaterial que viene bien un poco de materialismo... linda palabra esta, me parece que el materialismo es bueno.
Lindo, esto de andar creando cosas. ¿Y esto? Si mezclo esta cosa mojada con esta otra cosa marrón oscuro, se forma otra cosa, que no es líquida ni sólida, pero se puede amasar y hacer un muñequito… (es un quilombo esto de estar inventando palabras constantemente)… mmmhhhh… me parece que el muñequito me salió como el culo… bueh, lo dejo así.
de setembre 08, 2007
EL TIPO QUE SE PARA DETRÁS DEL ENTREVISTADO
Probablemente mi cara le resulte vagamente conocida. Pero no soy un ex compañero de la primaria, o el tipo que esta mañana le cobró la factura del celular. Sin embargo, mientras más me mira, más se convence de haberme visto antes. Y es verdad. Usted me ha visto antes, muchas veces. Usted me ve prácticamente todos los días. Pero no, no trabajo por la zona, ni soy el playero de la estación de servicio donde carga todas las semanas.
Tampoco soy actor ni periodista, pero mi actividad está íntimamente relacionada con ambas profesiones, porque usted, mi estimado, me conoce de la televisión. Yo soy esa persona que aparece detrás del entrevistado. Soy ese que mira constantemente a cámara y pone la cara adecuada a la temática que aborda en ese momento la persona que está siendo reporteada para la tele.
Soy consciente de que en más de una oportunidad usted ha pensado: “Mirá al pelotudo ese… ¿no tendrá que laburar, digo yo?”, pero en la mayoría de los casos no repara en mí, abstraído en lo que dice el personaje que figura en primer plano.
Para la mayoría de las personas, mi actividad puede ser superficial, estúpida, innecesaria, idiota, molesta, enferma, antiestética, imbécil, baladí, boluda… Pero en realidad no logran captar la verdadera razón de ser de una afición que –con el crecimiento cualitativo y cuantitativo de los medios electrónicos- se fue convirtiendo en una de las profesiones más difundidas del mundo, aunque casi nadie lo sepa.
Recuerdo que tenía unos cinco años cuando sentí que mi vida cambiaba para siempre. Estábamos almorzando y –como de costumbre- veíamos “Noticiero 12”, haciendo un silencio casi religioso cuando Tito Bosch comentaba las noticias del día. Entonces, la televisión era en blanco y negro, había sólo tres canales (y todos de aire) y “control remoto” era una expresión que nadie si quiera imaginaba. Con su habitual gesto adusto, Tito (era uno más de la familia, por eso la confianza) dio paso a una entrevista grabada en exteriores. Acto seguido, apareció en pantalla la imagen de un hombre semi calvo, de frondoso bigote, pronunciada barriga y anteojos oscuros con grueso marco de carey. No recuerdo quién era ni de qué hablaba, no me importaba. Mi atención, toda mi atención, en ese momento, se concentró en una desenfocada imagen que se instaló detrás del entrevistado. Se trataba de un hombre de unos 40 años, de cabello lacio, grueso y oscuro, que con un casi imperceptible gesto de afirmación acompañaba las palabras del pelado barrigón. Estaba solo. Creo que la nota estaba filmada en la Plaza San Martín y el morocho estaba solo, a pesar de la gente que iba y venía en el fondo de la imagen. Estaba solo en su afán por completar un cuadro que sin él sería absurdo.
Fue en ese momento que todo se hizo claro para mí. Fue entonces cuando entendí la importancia de El Tipo Que Se Para Detrás Del Entrevistado. “Es un cholulo” podrán decir los indolentes, los que creen que solidaridad es donar un paquete de arroz cuando se produce un maremoto en algún país asiático. Pero estarán equivocados.
El Tipo Que Se Para Detrás Del Entrevistado (ETQSPDDE, en adelante) es la gran apoyatura moral para quien es reporteado para la televisión sin el acompañamiento de las masas. Obviamente que su presencia es innecesaria cuando el personaje es un campeón mundial de boxeo, un cantante romántico o un candidato a diputado con alguna posibilidad. Allí los personajes secundarios sobran, y hasta molestan, porque muchos quieren ganar protagonismo parándose inclusive delante del entrevistado, lo que resulta inaceptable.
No cualquiera puede aspirar a ser ETQSPDDE. Es necesario ser mayor de 25 años, ser más flaco que el entrevistado y, de ser posible, tener la misma altura. Las cejas no deberán ser muy tupidas y hace falta estar afeitado. No podrá llevar anteojos, ni siquiera recetados. Se podrán usar lentes de contacto, pero no de esos que cambian el color de los ojos. Si se es mayor de 60 años, deberá tener canas. No es aceptable la calvicie ni la tintura de pelo. Si es mujer, tendrá que tener más de 40, cabello enrulado (en este caso puede estar teñido de un color parecido al amarillo), busto prominente (aunque no deseable), contextura gruesa, vestido bordó con pequeñas flores blancas y algo de cara de culo.
El buen ETQSPDDE debe realizar una aparición adecuada ante las cámaras. Lo ideal es que ya esté cuando comienza a desarrollarse la nota. En ese caso su cara deberá aparecer por encima del hombro izquierdo del entrevistado. De no ser posible esto, ETQSPDDE deberá aparecer de un modo imperceptible, deberá situarse ante la cámara sutilmente, de forma tal que el televidente no note su aparición.
Existe un elemento que resulta indispensable para ser un buen ETQSPDDE, y es la mirada. No deberá expresar duda alguna, estamos ahí por propia decisión y con total convencimiento. Además, deberá dirigirse directamente a la cámara, sin importar la posición en que ésta se encuentre. En la actualidad, las cámaras de video son más livianas y dúctiles que antaño –entonces permanecían generalmente fijas- lo cual agrega algunas dificultades y varios beneficios. Las dificultades tienen su origen en la oculta guerra que existe entre el camarógrafo y ETQSPDDE. Generalmente, el operador de cámara es un depredador de ETQSPDDE, intenta hacerlo desaparecer de la imagen, cambia de posición, acorta los planos, dificulta nuestro trabajo. Pero esto es un gran aliciente para un ETQSPDDE con iniciativa, lográndose algunos planos memorables, como el que pudo componer uno de mis ídolos, Ricardo Almejeras, en 1993, para un canal regional de España, asistiendo a un ignoto candidato para unas elecciones comunales de un pueblo que pocos años después desapareció por falta de habitantes.
Sintéticamente se puede decir que la actitud de un ETQSPDDE profesional puede visualizarse casi a la perfección en algunas películas de Gardel. Quienes puedan ver los filmes en los que el “Zorzal” canta canciones como “Mi Buenos Aires querido”, “Sus ojos se cerraron” o “Volver”, entre otras, tendrán la oportunidad de apreciar el trabajo de los actores secundarios, que acompañan en silencio el discurso del protagonista. La única diferencia es que nosotros miramos a cámara.
Noto que está apurado, así que no lo distraigo más. Ha sido un gusto conocerlo y poder contarle todo esto. Tal vez, la próxima vez que mire en la televisión una entrevista realizada en exteriores, pueda volver a verme, haciendo mi trabajo, colaborando con el reporteado, y entonces comente “Yo lo conozco a ese tipo. Es un plomo insoportable que un día me hizo perder el ómnibus”.
Tampoco soy actor ni periodista, pero mi actividad está íntimamente relacionada con ambas profesiones, porque usted, mi estimado, me conoce de la televisión. Yo soy esa persona que aparece detrás del entrevistado. Soy ese que mira constantemente a cámara y pone la cara adecuada a la temática que aborda en ese momento la persona que está siendo reporteada para la tele.
Soy consciente de que en más de una oportunidad usted ha pensado: “Mirá al pelotudo ese… ¿no tendrá que laburar, digo yo?”, pero en la mayoría de los casos no repara en mí, abstraído en lo que dice el personaje que figura en primer plano.
Para la mayoría de las personas, mi actividad puede ser superficial, estúpida, innecesaria, idiota, molesta, enferma, antiestética, imbécil, baladí, boluda… Pero en realidad no logran captar la verdadera razón de ser de una afición que –con el crecimiento cualitativo y cuantitativo de los medios electrónicos- se fue convirtiendo en una de las profesiones más difundidas del mundo, aunque casi nadie lo sepa.
Recuerdo que tenía unos cinco años cuando sentí que mi vida cambiaba para siempre. Estábamos almorzando y –como de costumbre- veíamos “Noticiero 12”, haciendo un silencio casi religioso cuando Tito Bosch comentaba las noticias del día. Entonces, la televisión era en blanco y negro, había sólo tres canales (y todos de aire) y “control remoto” era una expresión que nadie si quiera imaginaba. Con su habitual gesto adusto, Tito (era uno más de la familia, por eso la confianza) dio paso a una entrevista grabada en exteriores. Acto seguido, apareció en pantalla la imagen de un hombre semi calvo, de frondoso bigote, pronunciada barriga y anteojos oscuros con grueso marco de carey. No recuerdo quién era ni de qué hablaba, no me importaba. Mi atención, toda mi atención, en ese momento, se concentró en una desenfocada imagen que se instaló detrás del entrevistado. Se trataba de un hombre de unos 40 años, de cabello lacio, grueso y oscuro, que con un casi imperceptible gesto de afirmación acompañaba las palabras del pelado barrigón. Estaba solo. Creo que la nota estaba filmada en la Plaza San Martín y el morocho estaba solo, a pesar de la gente que iba y venía en el fondo de la imagen. Estaba solo en su afán por completar un cuadro que sin él sería absurdo.
Fue en ese momento que todo se hizo claro para mí. Fue entonces cuando entendí la importancia de El Tipo Que Se Para Detrás Del Entrevistado. “Es un cholulo” podrán decir los indolentes, los que creen que solidaridad es donar un paquete de arroz cuando se produce un maremoto en algún país asiático. Pero estarán equivocados.
El Tipo Que Se Para Detrás Del Entrevistado (ETQSPDDE, en adelante) es la gran apoyatura moral para quien es reporteado para la televisión sin el acompañamiento de las masas. Obviamente que su presencia es innecesaria cuando el personaje es un campeón mundial de boxeo, un cantante romántico o un candidato a diputado con alguna posibilidad. Allí los personajes secundarios sobran, y hasta molestan, porque muchos quieren ganar protagonismo parándose inclusive delante del entrevistado, lo que resulta inaceptable.
No cualquiera puede aspirar a ser ETQSPDDE. Es necesario ser mayor de 25 años, ser más flaco que el entrevistado y, de ser posible, tener la misma altura. Las cejas no deberán ser muy tupidas y hace falta estar afeitado. No podrá llevar anteojos, ni siquiera recetados. Se podrán usar lentes de contacto, pero no de esos que cambian el color de los ojos. Si se es mayor de 60 años, deberá tener canas. No es aceptable la calvicie ni la tintura de pelo. Si es mujer, tendrá que tener más de 40, cabello enrulado (en este caso puede estar teñido de un color parecido al amarillo), busto prominente (aunque no deseable), contextura gruesa, vestido bordó con pequeñas flores blancas y algo de cara de culo.
El buen ETQSPDDE debe realizar una aparición adecuada ante las cámaras. Lo ideal es que ya esté cuando comienza a desarrollarse la nota. En ese caso su cara deberá aparecer por encima del hombro izquierdo del entrevistado. De no ser posible esto, ETQSPDDE deberá aparecer de un modo imperceptible, deberá situarse ante la cámara sutilmente, de forma tal que el televidente no note su aparición.
Existe un elemento que resulta indispensable para ser un buen ETQSPDDE, y es la mirada. No deberá expresar duda alguna, estamos ahí por propia decisión y con total convencimiento. Además, deberá dirigirse directamente a la cámara, sin importar la posición en que ésta se encuentre. En la actualidad, las cámaras de video son más livianas y dúctiles que antaño –entonces permanecían generalmente fijas- lo cual agrega algunas dificultades y varios beneficios. Las dificultades tienen su origen en la oculta guerra que existe entre el camarógrafo y ETQSPDDE. Generalmente, el operador de cámara es un depredador de ETQSPDDE, intenta hacerlo desaparecer de la imagen, cambia de posición, acorta los planos, dificulta nuestro trabajo. Pero esto es un gran aliciente para un ETQSPDDE con iniciativa, lográndose algunos planos memorables, como el que pudo componer uno de mis ídolos, Ricardo Almejeras, en 1993, para un canal regional de España, asistiendo a un ignoto candidato para unas elecciones comunales de un pueblo que pocos años después desapareció por falta de habitantes.
Sintéticamente se puede decir que la actitud de un ETQSPDDE profesional puede visualizarse casi a la perfección en algunas películas de Gardel. Quienes puedan ver los filmes en los que el “Zorzal” canta canciones como “Mi Buenos Aires querido”, “Sus ojos se cerraron” o “Volver”, entre otras, tendrán la oportunidad de apreciar el trabajo de los actores secundarios, que acompañan en silencio el discurso del protagonista. La única diferencia es que nosotros miramos a cámara.
Noto que está apurado, así que no lo distraigo más. Ha sido un gusto conocerlo y poder contarle todo esto. Tal vez, la próxima vez que mire en la televisión una entrevista realizada en exteriores, pueda volver a verme, haciendo mi trabajo, colaborando con el reporteado, y entonces comente “Yo lo conozco a ese tipo. Es un plomo insoportable que un día me hizo perder el ómnibus”.
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